Libros

La gripe eterna

 

Los saludos del nuevo año están llenos de virus. Los besos en la mejilla, los guantes y los pañuelos, el aire que entra por los pasillos del instituto, el asiento del barco y sus enormes climatizadores. Los papeles de regalo arrugados en la basura, los restos de pizza en las cajas de cartón, las botellas de vidrio, los aerosoles y las pastillas. El cielo sin la lluvia y el polvo en suspensión que viene del desierto está lleno de virus. Las mañanas frías, las tardes lentas, oscuras. Los correos electrónicos, creer que sé escribir. Las toallas de las peluquerías, el que corta el jamón y la que pesa la fruta en el supermercado están llenos de virus. Los gritos de los bebés cuando intentan decir algo, la ropa de kárate, los jabones de los baños y las servilletas de los bares. Las palabras sobrantes, el deseo de mantener el equilibrio. En este momento, sólo se salva El Infinito en un junco, de Irene Vallejo (Siruela) que leo en el balcón. Aquí de vez en cuando pasa alguien perdido que busca casa o se aventura hacia las rocas y tabaibas. También se salva el mar, frío y ajeno a la vida invisible que respiramos, donde habita la gripe eterna.

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