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Así lo recuerdo

La realidad se compone de fragmentos que nuestra imaginación conecta. Así construimos lo que ocurre en función de nuestra lógica, y lo que ocurre no necesariamente debe ser cierto. Fabulamos para sobrevivir, para comprendernos. De algo de esto habla Ignacio Abad (León , 1980) en “En Düsseldorf no hay ni puede haber leones”(Mr Griffin,2019). Hace recordar Abad a Siri Hustvedt cuando se refiere a la memoria. No podemos recordarlo todo y nuestra cabeza une las escenas, imágenes o referencias con elementos de ficción. Los recuerdos son así consecuencia de nuestra creatividad. Abad aplica la memoria al oficio del periodismo. Su libro esta lleno de periodismo y de cosas «que luchan por ser ciertas». En Düsseldorf hay un periodista que habla con un imaginario Kapucisnsci, un joven que se encuentra de nuevo con la noticia en la lejanía de Tokio, donde ha llegado por amor, tras conocer en Madrid a la que le pareció la chica más guapa del mundo. Antes, vivió días de despidos progresivos en el medio donde trabajaba que me han recordado a los años del periódico en los que primero, vendieron la rotativa, y la falta de ingresos de publicidad en el papel desmanteló una redacción que se enfrentaba a un mundo nuevo. Aquellos periodistas también contamos esos bonitos años con un relato diseñado a nuestra manera. Y de una cosa creo estar seguro: también escribimos sobre muchas cosas horribles que efectivamente pasaron. Fue verdad que un desequilibrado le cortó la cabeza a una turista británica en un concurrido bazar chino. Está escrito. Todos los medios coincidimos en una versión parecida. Una semana después del suceso, una noche helada, en Bristol, le dije a la casera que yo había estado allí. Y de pronto le conté detalles nuevos, haciendo una versión todavía más escabrosa, con el miedo a que su hijo, que miraba hierático la televisión desde el sofá, hiciera lo mismo conmigo. Dormí con la maletas detrás de la puerta. El ruido de la lluvia golpeaba el tejado del desván donde habían puesto dos camas pequeñas y un escritorio. A la mañana siguiente, la casera me dejó en la puerta de la academia. «Mi hijo es un buen chico, solo ha tenido problemas en el trabajo», dijo. De esto último no estoy totalmente seguro. También fuimos en guagua a Londres y vimos el cambio de la guardia real. Nos empapamos debajo del paraguas. Ella se reía mucho. Preparó unos sandwiches de jamón con pepinillo y mostaza. Él no salía de su casa. Así fue, así lo recuerdo.

 

 

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