Todo puede pasar

Uno.- En el avión, hago preguntas que ya tienen respuesta. Me aferro al fino hilo de aire frío que sale desde el asiento. Pienso en palabras bonitas o que suenen bien: frágil, veloz, bálsamo, varada, sanador, púrpura, inercia, silencio. También en palabras feas: chocar, desastre, antifúngico, catástrofe, prurito, herpe, tensión. En ese juego, no sé por qué, ganan las feas. Pienso en el misterio que hace volar el aparato como si fuera un pájaro pero con miles de kilos en su interior.

Dos.- Mi padre busca entre la estantería de la sala El obsceno pájaro de la noche. Como una revelación, asegura que está en mi cuarto, donde todo, salvo los libros, ha quedado ordenado según el orden materno: una mezcla de amor y capricho.  Todavía sin ponerse el pijama, saca un tomo de la enciclopedia de los perros y muestra las fotografías de algunas razas que se corresponden con antiguos nombres, algunos de ellos, enterrados en la huerta: este es como Palmira, este es como Whisky, este es como Tristán. Miramos al comedor para sugerir que allí iría bien otra estantería, pero mi madre reacciona: “lo que faltaba ahora, el comedor se deja donde está”. Luego se hunde en el sofá.

Me gusta ver a mi padre pasar páginas y detenerse en detalles. Tiene las manos finas, los dedos todavía jóvenes. “Es importante poner la fecha, este es del 71”, dice mientras ojea el tomo de Sociología. Luego se empeña en buscar el álbum de fotos de la boda. Mi madre se levanta hacia la cocina como si no quisiera recordar la mujer que fue.

Tres.- Conversaciones con Arthur Schopenhauer, de Luis Fernando Moreno Claros (Acantilado) describe una serie de encuentros con el filósofo pesimista  de personas que lo conocieron. Fue un sabio asceta, solitario, con cierto desprecio al mundo que le rodeaba. Quien más felicidad busque más desgraciado será, porque los deseos son infinitos, guiados por una voluntad destructiva si no se atempera. La voluntad es deseo enorme, impulso de vida, inconsciente, irracional. Por ahí va su tesis. “Vida es igual a sufrimiento”, escribe en El Mundo como voluntad y representación. Aceptar la vida en esos términos es dejar de desear tanto. “Nada hay que nos haga completamente felices”, argumenta.

Cuatro.- Habrá que meter las cosas en las cajas de cartón. Uno comprueba que arrastra muchas cosas en las mudanzas. A veces, en la vida.  Funcionas a base de acumular, de rodearte de objetos que dan forma a tu espacio. Luego empiezas a tirar cuando ya no cabe nada. Volver a irse otra vez da pereza. “¡Todo puede pasar!”, me dicen desde el sindicato con una seguridad casi amenazante. Con esa frase camino hacia el agua. El mar, al atardecer, está quieto y azul. El verano ha estallado sin pausa.

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