El monstruo de los abrazos

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Es un caminar lento, una voz profunda, grave y bonachona la que sale del monstruo de los abrazos. Me convierto en él cuando quiero perseguir a mis sobrinos. Nos vemos poco. Normalmente en casa de mis padres o en casa de una de mis hermanas. Y casi siempre sale el  monstruo. Ellos se esconden, entre los sillones, en los cuartos, debajo de las camas, en la huerta donde ahora habitan dos gatos mansos solo con mi padre y ariscos con el resto de la humanidad. El escondite es el juego más sencillo y divertido del mundo. El monstruo busca a los escondidos. Quiere abrazarles y quererles. Un abrazo inofensivo que pocas veces llega, porque el monstruo es torpe en sus movimientos. Es corpulento, algo encorvado, como si fuera un personaje de la Historia Interminable, un árbol que habla, un perro que vuela. Lo emocionante es cuando los niños oyen sus pasos y hacen un sutil gesto para dar pistas de su escondrijo. Alguno no puede resistir su anonimato y se descubre corriendo en cualquier dirección. En ese momento el monstruo abre sus brazos e intenta seguirlo en vano. Y el abrazo casi nunca ocurre. Se escapa ante caras veloces de los niños, con ese terror feliz de la inocencia.

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Elijo libros cortos. Primero: vuelvo a estar interesado sobre los libros que hablan de cómo escribir. El verano pasa y  había prometido sentarme, pero apenas avanzo. Arreglar una casa es un suplicio. Aún no ha llegado la cocina. (solo tengo nevera, una mesa con una tabla y un cuchillo, un hervidor de agua, unos plátanos, unos yogures). Tristeza y desorientación al recoger mis cosas. Hay una sensación de perder el centro.

Hace unas semanas. Entro a una librería apunto de cerrar y compro El Arte de la ficción, de James Salter. Recomiendo con cierta exitación Ordesa y regalo Entre Ellos, el libro que habla del padre y la madre (una vez más) de Richard Ford escrito por Ford. Todo surge es ese momento y no hay tiempo para curiosear las estanterías. Yu está leyendo una pequeña novela de Stefan Zweig que no recuerdo el título. “Lo leeré cuando acabe éste,  dice con una mano en sus maltrechas cervicales”. El calor en Madrid es seco pero soportable. Empuja a la gente a la calle. Algunas terrazas expulsan vapor de agua. Se bebe vino blanco y cerveza y unos hacen gestos como si esperaran lo peor por llegar. Dice Salter, “Las ganas de saber son el motor de la literatura”, citando Las mil y una Noches y la infinita capacidad inventiva de Sherezade. También Salter habla del estilo, de lo importante que es tener uno propio, cuentes lo que cuentes. Incluso es más importante que la historia. Al principio todos copiamos pero no podemos pasar la vida haciéndolo.

Segundo: Es difícil escapar de la simultaneidad. Junto a Salter, Nietzsche y la Música, de Blas Matamoro. Dice : “la música produce un género muy peculiar de felicidad, que consiste en desarrollar nuestra capacidad de olvidar, de vivir en el umbral de instante, sentir durante un tiempo de modo ahistórico, como un recién nacido”. Es así, la música como experiencia que te pone “en el umbral del instante”. Entiendo que muchos no quieran hacer otra cosa.

Tercero: como me gustó Diatario Voluble de Villa Matas, elijo un escueto libro rojo suyo que se titula Perder Teorías. El autor es invitado a la presentación de su libro y nunca lo recogen en el hotel. Mientras espera en su habitación escribe. “El esperar es una afirmación de la vida y del presente”. Esto pasa otro día, con más calma, en la librería.

El último libro es La sociedad el cansancio, del filósofo surcoreano Byung -Chul. Un ensayo breve y profundo. Anoto dos frases: 1) “El lamento ‘nada es posible’ solamente puede manifestarse dentro de una sociedad que cree que nada es imposible”. 2) “Es una ilusión pensar que cuanto más activo uno se vuelva más libre es”.

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Cuido a Ofelia, la perra de mi hermana, un entrañable demonio en miniatura, un chiuahua  fusionado que define, en un primer momento, su carácter esquivo,  su incapacidad para entender que hay un extraño encargado de darle de comer y que solo quiere acariciarla. Ofelia tiene miedo y muestra sus dientes. Encoge el rabo, te mira como si la fueras a matar. Pero después de una dos días aquí nos llevamos mejor. Ya corre a por una pelota de tenis y come de la mano. Ahora duerme (o hace que duerme) en la cesta de la cocina. En cuanto oye que me levanto se despierta y si intento cogerla vuelve a enseñar su boca mínima y tensa, o sale corriendo hacia el patio donde un muro gris separa la casa de la calle.

Hace una fría mañana. No parece que estemos en julio. En el árbol seco del vecino se han posado algunos pájaros.

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