Patio

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El pájaro está enterrado en la maceta del patio. Lo tuve algunos minutos en mi mano y luego en un pañuelo, con las alas recogidas y la boca abierta, esperando una señal de vida. Pero no se movía. Hice el hueco y lo enterré. Luego vino la noche. Todo es culpa mía. Cuando cayó del nido, aún no podía volar y solo daba torpes vueltas por el suelo. Comía lo que traía su madre, que venía desde arriba a toda velocidad. Su padre esperaba posado en la antena. Noté que a veces me miraba enfadado, como diciendo “échanos una mano, anda”. Pero el nido estaba a suficiente altura para no poder devolverlo. Era un peligro, un riesgo, uno más de los que imagino. Los días están llenos de peligros y de riesgos. La primavera, el verano y el invierno, cada estación tiene los suyos, además de su advertencia, olor, sensación, contradicción, expectativa, repetición. 

Ahora han pasado unos minutos de las doce de la noche y miro la maceta a través de la ventana. A veces la visito y hago que rezo. No sé, le pido perdón. A él y a su familia, que por cierto, hace días que ha desaparecido. Abrí la puerta para tender la ropa y lo aplasté. Eso fue así. No lo hice a propósito pero fue así y contra este hecho no se puede hacer nada.

El viento golpea la puerta de la entrada. El mar se escucha de lejos. Llegan días soleados. En la casa de enfrente pude oír esta tarde los mismos cantos de vida que habitaban este patio y donde ahora solo cuelgan trapos. Otros nidos han surgido.

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