Azar

Hay muchas razones para estar contrariado, enfadado, asqueado, con el gobierno de este país. La corrupción continuada, la precariedad laboral, la falsa idea de progreso, el paulatino deterioro de la sanidad y la educación pública. Todos son motivos suficientes para no haber votado a los que nos gobiernan. Pero conviene apuntar que el sentimiento generalizado de un futuro incierto provocado por esta democracia desdibujada, por una manera irresponsable de hacer las cosas,  no es razón para despertar consignas y acciones separatistas, soberanistas, que, por otra parte, generan respuestas judiciales y, como consecuencia, policiales (como mínimo sorprendentes), para dividir todavía más a las personas. El derecho a decidir, aparentemente axiomático, no lo es tanto cuando un parlamento se salta las reglas de juego, cuando en las palabras del presidente de la Generalitat se escuchan cosas como que el Gobierno es el “guardián de la tumba” de Franco o en la calle se llama renegado a Juan Marsé. Esa calle, joven y furiosa, descontenta y desorientada, que toma la universidad y se cree capaz de cambiar el mundo, tacha a este nefasto Gobierno que nos dirige, de dictador, de quitar ese preciado derecho que tanto ha costado. España, afortunadamente está lejos de las dictaduras más crueles, e intenta, con sus defectos de fondo y de forma, estar a la altura de una sociedad europea con más luces que sombras. Así, un referéndum parecería solo posible entre una sociedad menos crispada, sin caer en la precipitación de la pancarta y del escrache y con políticos capaces de llegar a consensos, pero también con ciudadanos responsables y consecuentes. Con todo, la situación está tomando una deriva alarmante y en este caso, uno solo opina que la solución pasa por tomar cuantos cafés sean necesarios, repito: cuantos cafés sean necesarios, entre los que han provocado este triste episodio del final del verano y llegada del otoño. Que las hojas de los árboles se caigan es irremediable. Lo demás, de consecuencias desconocidas, puede evitarse. Como dice Emilio Lledó, nacer en un país o en otro “no es más que una cuestión de azar”.

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