Objetos perdidos

Últimos días en Lisboa. Calor tolerable y brisa en la tarde. Por las noches baja la temperatura mientras algunos pescados tratan de salvarse saltando entre los pequeños charcos que deja el Tajo, quieto, gris, inmenso y seco. El tranvía es una postal en movimiento que atraviesa esta ciudad vertical, con las fachadas coloridas y otra vez, la ropa tendida. Alfama convertida en souvenir, pequeñas tiendas de verdura con manzanas diminutas, cabezas que despiertan y se asoman a las ventanas. También Iglesias por todas partes, al doblar una esquina, al subir hacia una plaza; preciosas muestras de la inventiva humana, de la precisión matemática. Siempre hay un ujier que vigila en la puerta. Desde el tejado de la Basílica da Estrela se ve toda la ciudad. Seguimos a Pessoa, la guía escrita en 1925 y que conserva el presente: el museo del agua que cierra los lunes, el acueducto que se pierde entre las casas, los nombres de los rincones y las historias de cada estatua; el suelo de piedra blanca en aceras y calles. Pessoa añoró la ciudad a la que regresó para nunca más salir.

Recién llega la noche, los fados suenan entre los restaurantes del Barrio Alto. Cantan mujeres y acompañan laudes y guitarras. Más bacalao, pulpo con arroz, carne de cerdo con berberechos, sardinas fritas. Platos nacidos de la subsistencia convertidos en mercancía. Las grandes marcas de moda copan la avenida Liberdade y Chiado no escapa al enjambre vacacional. El turismo dispara los alquileres y los precios de la comida pero no soluciona la precariedad laboral de la mayoría. La eficacia del Uber vence definitivamente al taxi. El inglés es más universal. El centro de Lisboa es un escaparate constante, día y noche. Aún queda cierta calma en los lisboetas pero el turismo debe ir hacia la sostenibilidad para evitar fobias (algunas de ellas con argumentos) que ya son noticia.

Tren hacia Sintra. Un bosque con mansiones de torres puntiagudas, restaurantes y más turistas. Para sentir como vivían los ricos en su residencia de verano tienes que pagar. Así te podrás asomar a sus balaustradas como uno de ellos y contemplar el pueblo abarrotado de tuk tuks, coches de alquiler y caminantes que  corren hacia la estación y se abrigan el cuello con un pañuelo cuando la tarde se va.

En el asiento del avión han quedado una Historia de la filosofía y El Proceso. En Objetos Perdidos no hay nada, salvo que la operadora mienta y tenga los dos ejemplares en su poder. Tampoco es tan grave, te dicen. Es un consuelo en la noche, al llegar a la isla, cubierta por la calima de un verano interminable.

 

Anuncios

Un comentario en “Objetos perdidos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s