Oporto

 

Uno

Las andorinhas sobrevuelan todo el tiempo el Duero, donde la ciudad nace y se extiende hacia arriba. Calles empedradas, fachadas con azulejos, balcones estrechos de estilo modernista. Lo viejo y lo nuevo conviven. La noche es clara y perfecta. Empandillas de carne y croquetas de bacalao en el último bar abierto. Los barcos descansan de los turistas frente al puente por el que pasan coches y personas. El apartamento es parte de una casa reformada del siglo XIX. La puerta suena al entrar como si fuera una película de miedo. Lo pisos de madera, las paredes de piedra. Tres enormes ventanales que dan a la calle, en el centro. Por la mañana suenan ambulancias, motores de algo en marcha. La vida se activa y los pájaros regresan entre los tejados y el rio que acaba por aquí.

En el café Majestic todo lo dulce está bueno. Sillones de piel y camareros vestidos con pajarita. Deseas algo imposible: que haya poca gente y poder leer el periódico. Lámparas doradas y espejos en las paredes. Rotunda eficacia.

El mapa en el bolsillo te convierte en uno más. Las mismas tiendas que igualan a las ciudades. El gallo en lápices, gomas y llaveros, como la sardina y la andorinha. La postal, la bandera, las camisetas, el músico que deja el sombrero en el suelo, el mendigo, la publicidad en los folletos, el arte sacro de las monumentales iglesias. Hay colas para acceder a la famosa librería. Estatuas y rincones fusilados por las cámaras de los teléfonos móviles. Hay un interés generalizado en ver por ver, sin observar. Cuanto más mejor.

Dos

Claves: el bacalao de mil formas, las francesinhas y las tripas que comían mujeres y niños cuando los navegantes se llevaban la carne del animal. Sigue la ropa tendida, como hace unos años, cuando los amigos vinimos en una primavera fría. Sábanas blancas en los balcones que miran al rio o entre los callejones imposibles.

Oporto iluminado parece un cuento. Las cúpulas de las iglesias y los tejados de los edificios; la universidad, el castillo con la muralla igual a la que pintábamos de niños. Cerca hay un club de jazz. Los músicos tocan con los mismos códigos, vayan donde vayan. El saxo abre un estándar y todos  comprenden lo que hay que hacer. La cerveza es Super Bock.

A medianoche las calles están casi desiertas. Solo quedan algunos bares que han extendido la cena. El esfuerzo de subir por la ciudad es una broma placentera al bajar, a través de las aceras de piedras y de las vías del tranvía. El hombre que pide dinero habla español con fluidez y cuenta una historia de veraneo y barco en Mallorca, “cuando vivíamos más o menos bien”. Luego desaparece.

 

 

 

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