La casa

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Recogimos los nísperos que abarrotaban la entrada y llenamos dos garrafas del agua en la cocina. Abrimos las puertas y algunas ventanas para que entrase la luz. Imaginamos el salón de aquellos almuerzos interminables de pescado salado, cuando el vino mantenía todo con vida. Vimos los dormitorios con los cabeceros intactos, pintados de negro. Entramos en el cuarto donde estaba el teléfono. En el porche, nos sentamos en el banco y contemplamos los helechos regados por los que todavía creen que la casa puede salvarse. Miramos a la calle desde la azotea. Nuestros pasos entre la madera, ahí arriba, parecían frágiles. Por un momento, pensé que había llegado la hora de que las paredes reaccionasen y cedieran ante nuestra larga indiferencia.

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