Me quiere, no me quiere

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Pasé por la plaza, una vez más, en el coche, con la ventanilla abierta, como de visita a lo que ya es conocido pero necesitas seguir viendo. Poca gente, mucho espacio, silencio y limpieza. Parecía que no hubiera deseos, como si todos los objetivos de allí se hubiesen cumplido. Pude oler el frescor de este invierno que no acaba de llegar, ver una postal perfecta de orden y tranquilidad con excepcionales momentos para el ocio, ver un parque donde cualquiera de nosotros hubiésemos soñado jugar. Antes la plaza era el patio del colegio, el campo de fútbol, la mesa de la baraja, la pista de patinaje, la cancha de baloncesto con una pelota de tenis; los bancos irrompibles donde contábamos los secretos, comíamos pipas, explotábamos las recámaras, dábamos los primeros besos; donde nos escondíamos a fumar, en la pared de atrás, por la noche, donde no llegaba la luz o la luz era muy poca.

Todo el pueblo estaba en la plaza porque no había otra cosa, o casi nada, y teníamos que inventar algo. Gritábamos y nos ensuciábamos en el suelo, nos manchábamos con la especie de tinta de las “vagas” que caían de los árboles. Una vez enfermaron los viejos troncos -eso decían- y dejaron la plaza negra, morada o verde oscura, por aquellas semillas infinitas que pisábamos todos, hasta el más listo, y que se quedaban en la suela de los zapatos algunos días. En los jardines había margaritas y otras flores, pero recuerdo especialmente a las margaritas. Su brillo amarillo, sus hojas blancas y tersas que arrancábamos de raíz, porque había un juego decisivo: “Me quiere, no me quiere”.

Un laberinto de ramas alrededor de la piedra lisa atravesaba el barranco. Allí íbamos a buscar las pelotas de tenis. Hay quien tenía especial habilidad para bajar al abismo con apenas cuatro movimientos. Localizaba la pelota, como un perro de caza, y mostraba el hallazgo con cierto orgullo y alivio, por saber que el juego continuaba. Pero muchas pelotas desaparecieron entre aquellos huecos donde solo los gatos podían vivir, y el juego acababa y nos íbamos a nuestras casas a comer, sucios y sudando. Comíamos mucho. Casi todos.

Ahora el barranco es un aséptico canal donde el agua corre cuando el tiempo se enfada.  Y no sé por qué, uno se acuerda de aquellos años, no de una plaza que parece haber descansado de la locura juvenil, sino de la primera, donde crecimos. Cuando el coche se aleja, con las ventanas abiertas, dejando que entre ese frescor de un invierno que no acaba de llegar, pienso que la plaza es otra. Y sí, nosotros también lo somos.

 

 

 

 

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