Otro día

 

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El lugar recurrente es un faro que asoma a mitad del puerto. Allí están los barcos de recreo, veleros, lanchas que flotan inevitables, somnolientos. Es un faro casi escondido y solo, una señal intermitente, discreta, silenciosa, inagotable, fundamental. El mar huele a madera, a cuerdas gruesas y galosina; a pescados inofensivos que se dejan capturar por hombres pacientes. Y hay bicicletas atadas a las barandillas, frente a los pantalanes desde donde salen extranjeros que van comprar al centro, consultan sus cosas dentro de los camarotes y preparan la comida. Hay dos niños descalzos que caminan por un barco, acostumbrados a los vaivenes de la gravedad aprendida. A los mástiles más altos todavía llegan gaviotas para piciotear sus alas. Luego desaparecen en el cielo ya oscuro y frío. Y uno se pregunta dónde dormirán.
El lugar recurrente es el faro. Es la perspectiva de esta parte, desde donde se aprecia todavía el murmullo urbano, los edificios iluminados, los coches atravesando la autopista, la rutina de los paseantes y los ciclistas, el ciclo de la caída de la tarde, cuando todo ya está hecho y empiezas  a sentir que mañana será otro día.

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