El mismo nombre

 

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El sol estaba en ese punto implacable, a la mitad del día. Las cosas antes inadvertidas brillaban ahora como cristales reflejados por una claridad irremplazable. Solo había en Playa Chica una estrecha franja de sombra donde refugiarse con cierta garantía del calor y del viento que todo lo querían abarcar. Y allí estaba, sentado, junto a otros hombres pero un poco distanciado. Tenía el pelo blanco, las piernas delgadas, la piel enrojecida detrás de los brazos, como una especie de alergia sin importancia. Todavía con el cuerpo mojado del salitre, se secaba la cara y parecía hacer señas a una señora, supuse, su mujer, que seguía en el agua flotando sin esfuerzo. Los otros hombres recordaban situaciones, apellidos y lugares de una ciudad que no volverá a ser la misma. Uno hablaba de su vida en Inglaterra con los ojos abiertos, y su cara rejuvenecía, mientras contaba cómo consiguió sobrevivir al idioma utilizando las palabras precisas.

Me dijo que se llamaba Nicolás Dorta, pero la sorpresa aumentó cuando matizó: Nicolás Dorta Martín. Y traté de averiguar su origen, pero no hubo demasiada explicación. Solo sonreía con una expresión casi familiar, cercana, y dio a entender que los dos apellidos provenían de otros sitios; ni rastro de vínculos, de algún hecho del pasado que pudiera emparentarnos. Pero compartíamos una cicatriz en el dedo y otra en la rodilla. Se había caído cerca de aquí, entre los charcos, atrapando cangrejos. Había llorado todo el tiempo hasta que le cosieron la herida. Luego tuvo gripe, y también lloró “porque el verano se acababa y no podía caminar”, contaba.

Mientras, su mujer salía del agua, agarrada a la cuerda que ayudaba a subir hasta el muelle. Se acercó hasta los dos con una amabilidad lejana, y nos referimos a la extraordinaria coincidencia en la que insistí, interesado por alguna respuesta. Pero ella quería cambiar siempre de tema y evitaba con destreza la situación, hasta que desapareció, como si se marchara en todas las direcciones, entre la gente, con la toalla sobre los hombros.

Nicolás Dorta, antes de seguir su rastro me dijo: “en la mesa de noche, dentro de una pequeña caja de madera tienes un collar que guardas como un amuleto. Cuando te sientes inseguro te lo cuelgas al cuello durante algunos días. También a veces crees que eres culpable de tus propias ficciones y todavía más de algunas realidades”. Y se fue.

He vuelto al mismo sitio con la idea de volver a verle. Y solo he encontrado el mar, el banco que deja la franja de sombra a mitad del día y esos hombres que hablan de sus cosas. Nada más.

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