Encuentro

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Veinte años sin saber demasiado de ellos y parecía que solo había pasado una semana. Hay algo inexplicable en la amistad, una empatía misteriosa y sana que te alegra la vida sin pedir nada a cambio. Es una pareja amiga de mis padres. Yo acudía todas las tardes a su casa para preguntar por mi madre. Era la última parada tras ir por los comercios a buscarla. Recuerdo esa angustia de que le ocurriera algo, ese apego excesivo de un niño incapaz de controlar las ganar de orinar en la cama. La diferencia generacional hacía que compartiéramos las cosas que no tienen edad ni explicación: la música y la risa. Y así nos hicimos amigos.
Ayer hablamos sin pausa de todo lo que había pasado durante estos años, las preguntas de solapaban con la ansiedad de saber del otro, del pueblo donde fueron felices, con una naturalidad que solo se alcanza en determinadas ocasiones, sin tener que ser cordiales. Y fuimos a buscar a su hijo que jugaba al fútbol y que con 15 años lee periódicos de papel porque quiere ser periodista. Luego comimos pescado y bebimos toda la tarde. Visitamos al padre de ella, que tiene 92 años y sigue fumando. Un hombre amable sin servilismos que me preguntó si ya no pescaba. Se lamentaba de sus piernas pero no parecía arrepentirse de nada. Al despedirnos, intuí que su secreto era no haberse preocupado demasiado del futuro.
Paseamos por el barrio donde se enamoraron, cuando andaban en pandillas, con el mar constante sacudiendo sus rostros en aquella playa interminable que sacude a una ciudad sin complejos. Celebramos los goles con un plato de arroz amarillo y seguimos hasta que nos dijimos adiós, por la noche, cerca del auditorio, con un intenso olor a mar que desprendía el musgo asomando entre las rocas.
El restaurante donde almorzamos ofrecía una maceta con perejil y otras hierbas del huerto. Y esta mañana recibí una foto de mi planta olvidada en el maletero del coche. La habían puesto en un jardín junto a la suya para que le diese el sol. Y por alguna razón supe que a los tres nos unía algo invisible y vital. Algo que tiene que ver con el miedo a dejar de ser joven.

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