El verano sin hombres

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Ahora, en estas calles nuevas, todas las mañanas y todos los regresos, paso por delante de la tienda de cajas fuertes, grises y profundas, invulnerables cuadrados metálicos a la espera de que alguien quiera guardar lo que nunca compartiría. Hay cosas que es conveniente no mostrar, dejarlas en esas cajas bien tapadas, con un número secreto indescifrable. Pienso en  aquella caja pequeña que estaba en el armario del hotel que fui pagando una noche tras otra. El joven recepcionista me contaba aquellos sitios donde había comido bien más de una vez mientras volvía a explicar los horarios del desayuno con gestos limpios y neutros. Era el desayuno excesivo de la última planta, con el puerto y la luz de la mañana gris. Como un mantra sin comprobar, un camarero enorme preguntaba el número de habitación, con  aquel caminar mecánico entre las bandejas de dulces y de fruta, de paquetes de mantequilla y mermelada expuestos entre los pequeños hornos de panes giratorios y los platos con jamón  de York.

Ha nacido un niño y yo soy la consecuencia laboral de ese milagro que multiplica la vida. La casa es tranquila, de momento. El vecino se esconde tras un póster de Bruce Lee y los de arriba tienen inoportuna buena música.  La madera hace que cualquier gesto de llaves se escuche. También pagué para que un hombre me ayudara en nada mientras me enseñaba la vivienda.  Sudaba y decía mucho “gestión” y “para lo que quieras”.

Ahora, cuando llego a este espacio donde poco a poco me voy acomodando a lo que parecía molesto, tengo la costumbre de sentarme en el sofá para descansar de la mañana. Insisto en no escuchar ruidos, pero a lo que uno se resiste tiende a persistir. Y he conseguido acabar El Verano sin hombres, de Siri Hustvedt. No la conocía, solo me interesó por ser la mujer de Paul Auster. Creo que por momentos escribe mejor que él. Tiene una  mandíbula marcada, una cara interesante.  Apunto en el cuaderno rojo: “hay tragedias y comedias, ¿no es así?, a menudo se parecen más entre sí de lo que difieren, como las mujeres y los hombres, si queréis saber mi opinión. El éxito de una comedia radica en terminarla justo en el momento adecuado”. Es la página 217.

Luego salgo a la calle y camino. Y siento por primera vez que agosto ha quedado atrás. Y pienso que todo está mejor imaginado.

 

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