A.C.

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Recibo un mensaje: “el viento se ha ido”. El viento hace todo más fugaz, inestable, nos hace creer que disipa el calor y le creemos y nos hace pensar que todo lo que vuela no regresa. Antes de las diez, el banco de piedra todavía conserva su sombra. Poco a poco se llena de señoras envueltas en toallas de cintura para abajo. Vienen de hacer ejercicio en la playa, tienen buen humor y pelan melocotones como si pelaran una manzana. Allí estoy, en medio de sus conversaciones, escuchando  los fragmentos de su optimismo, algunas con una voz aguda y otras apacible. Hay una señora que me mira y sonríe, como si me conociera.

He releído El Extranjero casi de un tirón: dos mañanas con este sol que se esconde entre la calima y dos noches con la gente asomada a los balcones, buscando un hilo de frescor, una tregua momentánea. Pensé que podría ser una novela de verano. No sé qué requisitos deben cumplir las novelas de verano pero en cualquier caso lo pensé. Por alguna razón, hay libros que no puedes leer en invierno y los dejas aparcados hasta que resurgen, como amores inesperados, como las ganas de hacer algo de verdad. En cualquier caso, ahora estoy más convencido que la mejor autoayuda está en los clásicos.

De El Extranjero solo recordaba el comienzo: la muerte de la madre del protagonista. Olvidaba aquellos baños en la playa donde Meursault halla consuelo en la sonrisa de María. Olvidaba también el juicio por asesinato y la condena a muerte del protagonista; las similitudes con El Proceso, Nietzsche, Schopenhauer, Sartre. Albert Camus  lo escribió en 1941. Fue su primera novela. Murió en un accidente de tráfico en 1960. En el coche se encontró un manuscrito de El primer hombre, una obra autobiográfica de la que solo había escrito 144 páginas.

El Extranjero sugiere que no esperar demasiado de la vida podría parecer una resignación triste, pero no lo es. Precisamente quitarnos de encima lo que esperamos de nosotros y lo que los otros esperan de uno, es verse reflejado en Mersault, que dice: “Quizás no estaba seguro de lo que me interesaba realmente, pero, en todo caso, estaba completamente seguro de lo que no me interesaba”. Había anotado otra frase en el cuaderno rojo, justo después de varias direcciones de apartamentos para alquilar, en la zona centro, que pasen la prueba de mis manías. “Nos hacemos siempre una idea exagerada de lo que no conocemos”, dice Camus.

Renunciar a entendernos de forma entera, de perder el miedo a no encontrar respuestas para todo y aceptar que la vida será en su mayoría como quiera ser, nos aleja de ser un extranjero, indiferente y carente de pasión, obstruido por fuerzas que impiden  reconocernos.

Recibo otro mensaje: una cara sonriente y palmas sucesivas que, entiendo, pretenden enfatizar una buena noticia. Las señoras abandonan el banco donde ahora la sombra es solo un espejismo.

 

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