La orilla

Monje

A lo largo del año, la sensación de que todo se repite es una constante. Estés donde estés. En verano, dependiendo de cómo abracemos los días, saldremos mejor o peor parados del eterno retorno de lo mismo. Volvemos así a saber de Nietzsche, quien interpretó esa infinita vuelta de las cosas con la mirada espontánea del niño, despojada de toda moral; con un querer creador que acepta sin miedo la riqueza de la vida sin una red que  la sostenga; con una voluntad de hundirse en “lo monstruoso” con el pensamiento como instrumento, en la actitud de comenzar “una y otra vez con nuevos intentos de configuración”.

Acabo de terminar el libro de Rüdiger Safranski sobre el filósofo: Nietzsche, Biografía de su pensamiento (Fábula Tusquets, editores).  El autor, mientras escribía, tenía en frente la pintura de El monje a la orilla del mar, de Caspar David Fiedrich, donde el religioso se asoma solitario al horizonte y permanece allí, inmóvil, sin saber si debe aventurarse al mar inmenso o estar en terreno seguro. Cuenta  Zafranski que Kant hubiera optado por lo segundo, en cambio Nietzsche se hizo al océano con todas las consecuencias.

Muchas veces estamos en esa orilla, contemplando todo lo idéntico que a la vez nos abre la puerta del cambio, de la posibilidad, que nos afirma y nos niega, que asusta y seduce. Y suponemos que esa es la vida, y nos consolamos con que las cosas son lo mejor que podían ser en este momento. Aceptar que has matado a Dios, admitir el vacío, el propósito de la aventura dionisíaca, donde la vida “está enteramente en sí, en el corazón de su inquietud creadora, devoradora”, es empezar a comprender a un hombre que vio en el instinto una manera de estar en el mundo. Pero también es ver tu rostro que intenta con timidez mirar como ese niño.

En 1889, a principios de enero, Nietzsche se abraza al cuello de un caballo para evitar que un cochero lo golpee. Algo empieza a fallar. Había sido en Turín, donde encontró cierta estabilidad emocional y momentos de mejora en su delicada salud, determinada  sobre todo por los continuos dolores de cabeza, quizá heredados de su padre. No hay vuelta atrás y después de ser ingresado en un psiquiátrico de Basilea, muere paralizado en Weimar diez años más tarde. Estaba al cuidado de su hermana. Antes lo había hecho su madre. Tenía el cuerpo encogido y yacía desamparado como un niño. Se había enamorado de Lou Salomé, una joven rusa con la que compartió grandes paseos y una complicidad insuficiente. Ella lo rechazó.

 

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