En el agua

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A veces alguien te habla mientras intentas lo contrario, en medio de un baño al atardecer, cuando las olas parecen haber perdido fuerza y todo el mar es un bálsamo insustituible. El Médano siempre es agradecido con los que aguantan el viento, el culpable de que el paisaje sea como es, tan perfecto en sus formas y tan atractivo para solitarios con perros, para extranjeros bronceados que viven con poco, para profesores alejados de sus verdaderas casas, auxiliares de vuelo y pilotos que calman sus contradicciones dejándose arrastrar por las velas de una tabla. En medio de la playa estaba aquel hombre afable y conversador que había venido del norte, acompañado de su mujer que esperaba en la orilla con una toalla sobre los hombros, con la sensación de tener ese frío indefinible del anochecer.

Cruzaba sobre nosotros un avión hacia alguna parte. El hombre sabía el modelo del aparato, hacia dónde se dirigía, la ruta semanal, la frecuencia horaria, en qué año empezó a volar. De pequeño se había acostumbrado al sonido de los motores cuando pasaban a pocos metros de la ventana de la que aún es su casa. Junto a su madre, fue testigo de la catástrofe del 78, donde murieron más de 500 personas. Andando, llegaron a la pista para ver el horror. Todo estaba ardiendo. “Pedían médicos por todas partes, enfermeros, sangre”, contaba el hombre mientras sorteaba las ráfagas de espuma que empujan la marea.
El hombre trabaja en una empresa de recogida de basuras. Antes de la seis de la mañana ya está en su puesto, al lado de un matadero, entre la niebla y el paisaje británico. A esa hora ya hay varios aviones atravesando el cielo. Dice que hay un Boeing que ya no vuela, como si estuviera descatalogado. Le gustaba mucho el modelo y recuerda que hacía una ruta desde Canarias a Barcelona. Lo dice con aparente seguridad. Sabe que por la noche el aeropuerto está cerrado. Y su rostro inédito cambia cuando confiesa que a menudo sueña con saltar la valla y subir a la cabina de mandos, encender las luces y despegar. “Me gustaría perderme por el cielo con combustible suficiente para irme lejos”, “¡bastante lejos!”, gritaba mientras volvía a sumergirse entre la espuma para surgir de nuevo, exultante, como un niño cuando descubre la playa y no se quiere marchar. Su mujer, con el cuerpo envuelto en la toalla, tiritando, hacía señas para que saliera del agua de una vez. Y eso hizo.
Nunca supe su nombre.

 

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