Otro verano

la foto

Por la mañana, quedan algunas porciones de pizza rellenas de “frutos del mar”, tomate y mozzarella. Ahora son acartonados trozos de plástico que todavía conservan cierta dignidad. Las copas han conseguido salvarse. Por alguna razón, la vida de una copa siempre pende de un hilo, como la vida de una pareja cuando alguno de los dos piensa en marcharse. Junto a las copas, está la vajilla mínima que tanto cuesta limpiar al día siguiente. El perro ha dormido toda la noche en el sofá. Ahí sigue, diría que feliz. Mueve la cola y parece decir buenos días con una sonrisa. Cuando oye que abres la nevera se levanta y te mira con esa cara para que le des un trozo de jamón. Siempre consigue alguno, y luego bebe agua, casi en suaves sorbos, en la taza blanca de cerámica que está junto a su comida, redonda y marrón, con el mismo olor a carne concentrada que debe atraer su interés. No le queda más remedio. Los perros prefieren nuestra comida. La mayoría daría lo que fuera por un plato de pasta, un pollo asado o un arroz con marisco.
Alguien en las noticias anuncia que ha llegado el verano. Lo vas notando en el aire, en el color del cielo, en el pesado acontecer del mediodía, en el ánimo contradictorio, en el alivio fresco de la noche.En las ganas de cerveza fría a todas horas. De niño pasé algún verano en los mismos apartamentos que ahora una mujer sensible e inteligente recuerda. Sonaba un disco de Roberto Carlos, había una piscina con inmenso fondo azul y césped alrededor; jugábamos a darnos besos escondidos detrás de alguna escalera. Son imágenes de la invención infantil, de la ilusión de lo cotidiano, cuando nada parecía dañino y no conocíamos los problemas de nuestros padres y las opiniones de sus amigos. Aquel bloque de apartamentos milagrosos, que ahora nos parecen calurosos y pequeños, tan poco atractivos, significaba el inicio de algo nuevo, y eso siempre cambia las cosas.

He recogido el salón y antes de salir a la calle, sin esperar nada extraordinario, me he recostado junto al perro con el alivio de volver a recuperar la literatura. Tener tiempo para ella, simplemente.  El suficiente para acabar los libros que no has podido seguir, ordenar los estantes, recuperar la actividad de la mesa de noche. El perro, debo añadir, es de los seres más buenos y agradecidos que conozco. Solo te mira e intenta quererte lo más posible a cambio de muy poco. Empecé un cuento de Richard Ford que se llama “El mujeriego” y está en el libro De mujeres con hombres, en Anagrama de bolsillo. Cuando algo te interesa no tienes intención de abandonarlo, salvo que seas un estúpido. El cuento acaba así:

¿cómo podía uno poner orden en su vida , causar poco daño y continuar unido a otras personas?. Y en tal contexto se preguntó si estar como fijado en uno mismo no constituía sino un malentendido, y si como Bárbara, furiosa, le había dicho en la última velada, era verdad que había cambiado sutilmente, si en alguna medida habría alterado los cruciales nexos que garantizaban su felicidad y se habría vuelto distante, ajeno, inaccesible. ¿Podía uno realmente llegar a serlo?, ¿Era algo que uno controlaba o concernía al propio carácter, o se trataba de un cambio respecto al cual uno era tan solo una víctima?. No estaba seguro. No estaba en absoluto. Era un asunto por el que tendría que rumiar aún muchas noches, muchas noches”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s