Paliativa

la foto (2)

 

Hace unos años escribí un relato  desde un lugar imaginario, nada especial, un pueblo costero como podría ser cualquiera de los que andan por aquí: un muelle, una playa, los restaurantes y comercios que nacen en la mayoría de los sitios donde la gente intenta una vida. Había un acantilado y una iglesia en lo alto, caminos rectos en la parte de abajo y muchas curvas hasta llegar arriba, donde el mar se mostraba en toda su esencia, si es que existe algo puro que se pueda llamar esencia, con el viento del sureste que todo lo envuelve. El relato describe a alguien que podría ser la extensión de uno mismo y  contiene ficciones dentro de otras escenas contrapuestas. Un cuento dentro de un cuento. También hay una mujer, unos padres, personajes que aparecen como elementos del paisaje estático, como si formaran parte de las rocas, de las luces de la noche, de los días grises de verano.

El lugar donde me encuentro ahora es real y contiene casi la misma fotografía que imaginé en aquel relato. Después de tanto tiempo se muestra como algo revelador, aunque está inacabado, pues poner fin a esas páginas todavía me resulta osado. Cuando  retomo la historia siempre hay algo que poner o quitar, y eso se convierte casi en una esclavitud, en un puzle de piezas infinitas, en una eterna ficción que es mi vida o que al menos pretendo que así sea.  Al fin y al cabo, me gusta pensar en la realidad como si fuera esa ficción. Partir de una mirada dispuesta al asombro resulta paliativo. Y la literatura te acerca al ese escenario emocionante del detalle, de lo inesperado, a caminar sobre algo que solo existe en  esa mirada que se desdobla, a ilusionarte con lo aparentemente poco importante y a restar importancia a lo que en un primer momento asusta. Pretende uno hacer ficción del miedo, de la frustración cotidiana, de querer ser el otro, de los días en los que no te atreves a dar ningún paso. A veces, funciona.

Richard Ford,  en el Periodista Deportivo plantea un pulso entre la entrega a la literatura y vivir una vida donde se supone que el matrimonio o el trabajo son logros teleológicos hacia la felicidad.  Pero Ford, incluso en ese dualismo,  en esa lucha de contrarios,  de tópicos contrapuestos, no deja de seguir novelando la existencia, no lejos de reivindicar que las cosas casi nunca son como uno las imagina y conviene establecer cierto “pragmatismo”. Intento evitar esa palabra,  suena como “poner los pies en el suelo”, depurar la ilusión. Dice Ford: “Con tantas cosas como suceden en el mundo, resulta difícil juzgar qué es lo esencial, y te pasas la visa  dando vueltas al lugar donde deberías vivir. Ésta es otra razón por la que  dejé la verdadera literatura y acepté un trabajo en el seguro negocio de los deportes. Y no tenía ni idea de cómo era el mundo, y no me atrevía a arriesgarme especulando. Y todavía no me atrevo.  Lo único que podría decir, haciendo un sincero esfuerzo, es que todos lo contemplamos desde algún punto desde una forma práctica y esperanzada. Y para la literatura eso no basta, aunque tampoco me preocupa. Yo quiero decir sí a todo lo que pueda: sí a mi ciudad, sí a mi barrio, a mi vecino, a su coche, a su césped y a su seto, a sus desagües. Que todo salga bien. Que todos tengamos felices sueños hasta que todo se acabe”.

Hoy quiero quedarme con la palabra “paliativa”, que M nombró la tarde de ayer justo antes de entrar a la Catedral para escuchar lo que Handel hizo del Mesías: una obra celestial y maravillosa. La lluvia mojaba los tejados y las calles de esa manera tan inofensiva y agradecida.

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