Ropa

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La ropa quedó algunas semanas a la intemperie. El viento tiró la mayoría al suelo. El resto sobrevivió sostenida por las pinzas que cuelgan del tendedero. Por suerte,  Mohamed se percató de mi irremediable despiste y ayer me entregó en una bolsa, perfectamente doblada y clasificada, las camisas y los pantalones olvidados. Habían perdido mi olor porque olían a algo. Estaba acartonada, casi sin identidad.

Mohamed suele tocar la puerta para ofrecerme fruta o dulces que hace su mujer. Son perfecta repostería. Algunas mañanas, mientras bajo las escaleras, puedo oler el aroma del almíbar e intuyo los secretos de lo que se cuece en esa cocina con azulejos de colores, donde de niño mi abuela preparaba el desayuno con esa expresión ambigua, de llanto interno y mínimo, de resistencia. Recuerdo la leche en polvo con chocolate hervida los días de frío incontrolable.

Le comenté a Mohamed la barbarie de Bruselas mientras su hija de siete años me mostraba una mariposa que había coloreado sobre papel. La llamó por su nombre: Maroua. Dobló el papel y lo guardó como para entregármelo, pero no lo hizo, no supo decir “es para tí”, y desapareció a través de la puerta. Uno deja escapar las oportunidades para decir las cosas.Ocurre también en periodismo: en tus manos puede estar la pregunta que dé luz a la crónica, el detalle observado de una realidad sin contar. Por eso hay que estar bien atento. Quedarse callado te borra del mapa.

Maruoa a veces piensa en español y contesta en árabe y otras hace lo contrario. Cuando se enfada grita mucho, pero casi nunca lo hace. Hay noches que tose un millón de veces hasta quedar vencida por el sueño. Cuando Mohamed se enfada también pronuncia algo que no entiendo. Los dos tenemos la misma edad, estatura, color de piel, la misma marca de coche, vivimos en el mismo edificio, compartimos azotea, escalera, pasillo, supermercado y opinión: lo que pasó en Bélgica y en París es absolutamente injustificable y cruel. Pero conviene no olvidar que en Siria mueren casi a diario inocentes, incluido niños, por las bombas que lanzan desde el aire Europa, Rusia, Estados Unidos para “atajar” un conflicto de dimensiones desconocidas y motivaciones diversas. Los niños que logran salir de su tierra en una huida más peligrosa y desesperada aclaman “Sorry for Brussels”.  Y todo está ahí, y nos parece ajeno, no huele a nosotros, pierde identidad con el paso de las semanas, como la ropa  disecada a la intemperie. Nadie se merece esto. 

 

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