Todo es truco

 

la foto (8)

Justo a lado de los discos y de una postal que reproduce un cuadro de Turner tengo varias notas pegadas a pared. Casi todas las mañanas, antes de irme, intento leerlas: “poco a poco”, “deja que fruyan las opciones del presente” y “confía en tí”. Eso ponen. Todo muy Coelho… en fin… Una vez, un psicólogo me comentó que de poco servía anotar esas “autoafirmaciones para salir adelante”. Parecía tener la fórmula a las cosas que en ese momento me atormentaban. Algo ayudaron aquellas sesiones, supongo, pero ahí siguen las notas, por si acaso.

La consulta olía a café. Recuerdo que el olor empezaba al bajar las escaleras de la entrada y se extendía por cada habitación. Él me recibía junto a una pizarra donde intentaba dar respuestas a las preguntas que iban surgiendo. “Del uno la diez, ¿cómo puntuarías el momento de tu vida en el que te encuentras?”, esa era una de ellas. Al rato, comprendías que no estabas tan mal.

Lo conocí por recomendación de una amiga que recuperó el sueño. Era experto en hacer llevaderas las manías y otras neurosis cotidianas. En mi caso le conté lo de revisar la luz, el gas y la plancha cada vez que salía de casa. Él no le dio más importancia, acostumbrado a lidiar con gente que hacía cosas peores (siempre hay alguien peor). Y de nuevo pareció tener la solución. Una vez, un concejal que quería ser mi amigo me confesó lo de la plancha, no recuerdo en qué circunstancia. Esa tarde hacía mucho calor. También habló de un médico chino que llenaba de  finas agujas el cuerpo. El concejal tenía en la oreja derecha un parche minúsculo.

El psicólogo parecía un hipnotista: la barba perfectamente afeitada y negra. El primer día recomendó algunas lecturas. Todas exentas de literatura: Jorge Bucay, Juan Salvador Gaviota, Quién se ha llevado mi queso… etcétera. (creo que ser mal lector impide ser un buen escritor). Su tratamiento estrella era un Cd con ejercicios de respiración para “practicar en cualquier momento del día”, decía. Y como toda novedad, me obsesioné con aprender rápido aquella manera de conseguir la calma. Cuando llegaba a casa me estiraba en el suelo boca arriba e intentaba sentir la respiración. A veces tuve buenos resultados, otras no podía dejar de pensar en cómo podía un teclado imitar tan mal el Concierto para clarinete de Mozart que sonaba al final, justo cuando su voz decía: “es tu experiencia”.

Con el paso de las sesiones entablamos cierta complicidad y me dijo que antes escribía una columna en una revista de parapsicología. Normalmente yo era el último paciente. El doctor apagaba las luces y revisaba las llaves del coche cuando me contaba todo aquello. Eran noches frías y uno llegaba a casa con muchísima información. También me dijo que se había dedicado a hipnotizar dentro de un espectáculo de magia. “Todo es truco”, admitió.

Ayer encontré su tarjeta en mi cartera.

 

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