Hoy entiendo mi letra

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Todo lo que había pensado escribir sobre Ricardo Piglia (Androgué, 1940), a quien descubro por esas listas de lo mejor del año a las que soy aficionado, por desconocimiento, desorientación cultural, curiosidad patológica, postureo literario, se trastoca al acabar El Camino de Ida. “Los esquimales  nunca dicen su nombre verdadero, es un secreto, solo lo revelan cuando sienten que van a morir.”, escribe.  Ser paciente, esperar hasta el final donde todo puede cambiar. Nunca acabo de aprender eso. La identidad es un asunto que me persigue desde hace tiempo, cuando decidí vivir a mi manera. Y esa manera conlleva riesgos, una lucha pitagórica cuerpo y mente. ¿Qué hacemos, lo que nos pida el cuerpo o lo que nos pida la mente?. “El cuerpo es sabio pero la mente es muy puta”,  decías esta mañana. En algo somos expertos, en esconder la verdad, postergar la identidad como si hubiera un final donde todo se va solucionar; la mentira paliativa que nos permite seguir adelante sin pasar por el escollo que supone aceptarnos. Qué estúpida tendencia a jodernos el presente. El esquimal  ya no puede posponer más enfrentarse a quién es cuando se acerca el final. Nos pasa en esas situaciones límite que ayudan a distinguir lo real de lo imaginario, lo importante de lo trivial.

El Camino de ida descubre al alter ego de Emilio Renzi, un profesor de literatura en una universidad cercana a Nueva York que vive una pasión irrenunciable que acaba en atentado,  un supuesto cerebro condenado a la silla eléctrica, la mágica oportunidad de volver a enamorarse, la literatura como salvavidas, los paseos que limpian ideas con los rostros de la gente y las cosas, el exceso de alcohol, el pueblo tranquilo y arbolado, el campus, la multitud anónima de la ciudad, la edad incierta de una mujer en que no se sabe si está dejando la adolescencia o ha empezado a envejecer, la rutina académica que ayuda a ordenar la vida .

Hoy entiendo mi letra. Tenía anotado algunas frases  entre el cuaderno rojo del RiU hotel y el móvil. La verdad y la identidad siempre regresan: “La trama múltiple de la información deliberadamente distorsionada, las versiones y contraversiones son el lugar denso donde imaginamos lo que no podemos comprender. Ya no son los dioses los que deciden el destino, son otras fuerzas que construyen maquinaciones que definen la fortuna de la vida, mi querido. Pero no creas que hay un secreto escondido, todo está a  la vista”.

No estoy en mi casa, por lo tanto, no tengo todo lo que uno da por hecho que conoce, esos objetos que forman tu intimidad, el espacio, la infalibilidad de lo cercano. Hay viento  ahí fuera, un perro en el sofá, una ducha que suena, los platos  apilados a un lado del fregadero. La nevera sostiene un ruido mínimo, incesante y necesario para enfriar cualquier cosa. Hay otra frase: “Nada termina bien en las buenas novelas”.

 

 

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