Bañarnos en la vida

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Hoy amaneció espléndido. El vecino, sentado en el banco del callejón que accede a su casa, dejaba su rostro a expensas de un sol inofensivo. Lo suficiente para regresar a las sombras cotidianas con el cuerpo caliente. Una implacable soledad dibujaba al pueblo. Los comercios cerrados después de una noche donde nada fue suficiente. Solo la panadería y la farmacia abiertas. Pan y medicinas. Con eso puedes vivir cien años.
Me gusta quedarme en la cama por las mañanas. Recuperar el libro que normalmente se deteriora entre las sábanas o descansa en la mesa de noche. Desperté con el cuerpo entumecido, como si me hubiese estado protegiendo de amenazas imprecisas. Me acuerdo de todo lo que comí y bebí. Siempre pienso en la estupidez del exceso innecesario, de que podría haber hecho algo diferente, al menos pequeños cambios, en la noche más previsible del año. La sopa, el segundo y el postre. El vino, la copa, los dulces. La chaqueta que huele a tabaco. Todo eso llegó así, por la mañana, con el cuarto congelado. Pienso en los que se fueron a la cama temprano y sin sobresaltos. Pienso en los que están pero no están. Una claridad azul se reflejaba a través de la ventana porque la cortina es azul.

“La vida, en ocasiones, da extrañas vueltas antes de llevarte a sitio al que pretendías arribar”. Así lo cuenta en La Aventura de viajar Javier Reverte. Descubrió en aquellos años de periodismo en Londres, París, mil sitios, una manera de mirar que se convertiría en el mejor instrumento de una literatura fresca como la brisa en las playas celtas que describe en Canta Irlanda. Leer libros de viajes es soñar con el movimiento, el tiempo sin la norma, hacer pequeño lo que parecía un gran inconveniente, hacer grande cualquier detalle, atender más a las sensaciones que a los argumentos. Si, leer es soñar, aunque mientras puedas, siempre es mejor ponerse en marcha. Escribe Reverte: “necesitamos ver el mundo en su realidad, no en su retrato; que nos sobran los intermediarios porque todos nuestros sentidos reclaman el contacto con lo que existe y palpita; que precisamos del olor de las cosas, de su sabor, de su tacto y de sus sonidos. Es una de las más hondas razones para viajar: invadir con todo el equipaje que constituye nuestro propio ser, la entraña misma de realidad; bañarnos en la vida”.

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