Hojas de plástico

la foto (3)

 

El motor de la pecera que has decido instalar en el salón no te deja dormir. Decides levantarte de la cama y salir a la terraza. Los peces también están despiertos. Acercan su cabeza al cristal y te miran con la boca abierta mientras sus cabezas aumentan. Viven a base de trozos de papel con sabor a mar. Nunca han comido otra cosa y poco les debe preocupar. La noche es fresca y silenciosa. En el jardín los niños han dejado sus juguetes: la pala mecánica, la pelota de baloncesto, los muñecos con superpoderes. El perro duerme profundamente en su caseta. Los coches, helados con el sereno, están aparcados en el mismo orden. Tu marido siempre llega antes. La mesa en la que habéis cenado está completamente recogida y todavía quedan suaves restos de jabón que huelen a cierta distancia. Hay un cesto con casi una decena de llaves y dos manzanas a punto de marchitar. Todo el mundo ha dado por hecho que esa fruta nunca caducaría y allí sigue.

Los grillos cantan en algún lugar de la calle fría. Hace días que se ven estrellas nuevas, más brillantes si cabe, como si acabaran de llegar al Universo. Sostienes un vaso de leche caliente y con cada sorbo piensas en el año que se ha ido. Hay cosas que han cambiado y que poco puedes hacer para detenerlas. Estar con los tuyos hace que te sientas protegida. En ocasiones te atormenta la idea de que también podrías haber estado en otra parte, con otra familia, en un jardín diferente, con otro hombre en la cama que tuviese otras predilecciones. Todo ha dependido de pequeñas decisiones. En realidad no sabes de qué ha dependido. Nadie lo sabe. Te aterra que hayas perdido tanto tiempo con alguien que anda a lo suyo, esa clase de hombres que no logran querer nunca. También piensas que todo el éxito cosechado es secundario porque el tiempo va demasiado deprisa. A veces la vida se erige como dentro de un periódico, llena de noticias que se van difuminando con en el presente, porque la gente necesita siempre otra novedad inmediata. Y sientes que has sido protagonista de todo ese mundo paralelo tan reconocible y a la vez ajeno. Aquellos  que has defendido con tus recursos, porque tienes facilidad para manejar las leyes a tu favor, y lo sigues haciendo. Sabes que fueron ellos los que mataron a sus esposas, se llevaron el dinero aquella mañana luminosa de una día cualquiera, mintieron a sus amigos. Muchos ahora están en la calle. Y algunas noches como ésta, te despiertas sobresaltada al sentir que has contribuido a que la maldad de los malos pierda importancia. Y desprecias el dinero con el que te has comprado esta casa, el coche, el colegio de los niños. Desprecias tu capacidad para sacar a cualquiera del abismo.

Te duele la espalda. Al pasar por el salón los peces continúan despiertos. Las burbujas han desaparecido y en la superficie flotan restos de comida. Contemplas los retratos de la estantería donde están los libros. Tu familia, la que ahora duerme en cada habitación, sonríe en todas las fotos. Tus suegros también sonríen, incluso los perros, cuando eran unos cachorros, parecen hacerlo. Te ves más delgada, abrazada a tu marido en medio de un bosque que no reconoces, sentada en ruinas que antes fueron palacios. Eras más joven, despreocupada e ingenuamente libre.

Pequeñas luces rojas y azules cubren el árbol de Navidad. Primero parpadean unos segundos y luego se quedan fijas hasta que finalmente se apagan. Al instante vuelven a parpadear. Así es el ciclo infinito que envuelve a estas hojas de plástico. Todo sale del trastero una vez al año año para dar alegría a la casa.

 

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