Carreras

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El mundo está lleno de carreras solidarias como de camisas fluorescentes y mallas: equipajes cotidianos de la modernidad. Hay carreras diurnas, nocturnas, paseos de cinco kilómetros, de media distancia, maratones, con los perros, con el niño en el carrito, disfrazados, dispuestos, entrenados, estresados, por avenidas, por montañas donde sopla un viento fresco y único. Esto durará algunos años más hasta que alguien invente otra manera de escapar de sí mismo. Así somos.

Me da cierta grima el que “recauda” por “una causa justa”. Sobre todo ahora. No por el hecho de hacerlo, sino porque  siento que algo anda mal, que esa solidaridad es un fallo del sistema igual que el machismo una sinrazón histórica. No es que esté en contra de las carreras solidarias, solo dudo que el motivo principal de los corredores sea ayudar al otro. Más bien se ayuda a sí mismo, porque el que corre lo hace hacia adentro, por eso tan americano que nos ha llevado a “si lo sueñas lo consigues”. Correr es tratar de soltar algo que no funciona en tu vida, “limpiar” tu desorden en el camino. Y a veces da resultado.

Ser senderista de domingo. Un amigo me dijo que cuando de pronto estás en esa fase es que te acaban de dejar. Los senderos que transitan la naturaleza, una realidad que nunca es como te imaginabas.

 

 

 

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