La música del gimnasio

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Imagino que lo de fuera es el mar. Eso siempre compensa. Pero solo es viento que arrasa la calle, dobla las hojas de las palmeras y seca los rostros de zombies matutinos en este tiempo imprevisible. Dices que la calima tiene que ver con el cambio de patrón de borrascas y anticiclones. Y es cierto, estamos más cerca de África, tan ajeno y  desconocido, que de cualquier capital europea con la que soñamos. La calima ya no es una excepción y tenemos que normalizarla. ¿No es bonito?: Navidad con calima.

Hace unos días que me cuesta escribir.  Es así, a veces uno está más fino, despierto, animado, activo, abierto al mundo. Otras no. Escribo en la biblioteca, en una mesa donde se amontonan los libros que ya nadie lee. Perece que jugar con el móvil se ha convertido en lo más entretenido. Internet, tan amigo y traicionero, atrae aquí a un grupo de imberbes que frotan la pantalla del celular hasta que sus dedos no pueden más. He oído que participan en un juego de estrategia. Me pregunto cuál, si debe ser mejor que la mía, si ya conocen algún plan para eliminar al enemigo. Cada uno busca su refugio. El silencio, en mi caso, ayuda a ordenar ideas.

La primera vez que pisé una biblioteca buscaba información sobre los animales de la sabana. El trabajo era averiguar la vida del león y el elefante. Vidas tan cercanas y diferentes. La señora Marisol nos ayudaba a encontrarlos entre aquella pesada enciclopedia de hojas amarillas que también escondía toda la verdad de países y cosas. Manejaba a la perfección el orden alfabético de las palabras.  Nunca la vi sonreír en aquellas tardes. Pensé que su voz era así, baja, precisa y cauta. Anotaba los préstamos en una cartulina que metía en una caja de madera. Tenía una letra apaisada y perfecta. Decía cuanto tiempo debías tener el libro en casa, dependiendo de un punto verde o rojo en el borde. Llegó Astérix, Tintín, Emilio Salgari, Julio Verne y luego  la colección del Barco de Vapor, El Misterio del Cuarto Amarillo, Elige tu propia aventura. En la biblioteca no había pantallas, todo estaba fijado por la precisión de la pequeña cartulina. Hace poco me crucé con la señora Marisol y descubrí una sonrisa, una ligereza despreocupada, como si supiera algún tipo de verdad sobre la libertad que había permanecido oculta aquellos años.

En este día atípico, por alguna razón,  pienso en la música del gimnasio. Una canción se ha quedado atascada entre el comienzo de algo. Miro a la ventana y susurro la melodía, ese motivo que repites en la ducha, cuando vas en bicicleta y aquí, entre los libros. Me pregunto por qué la cabeza nos castiga con algo que no queremos recordar. Suele pasar, pero justificarnos solo puede producir más cansancio. Qué mala es la música del gimnasio. Comparable a lo peor. Y lo peor es que no acaba de irse.

El mar sigue rugiendo afuera.

 

 

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