Relámpago

Maquetación 1

 

No quiero pensar que todo pasa por algo y cargar de verdad a ese misticismo tan socorrido y resolutivo cuando no hallamos respuesta a la necesidad de controlar lo que nos rodea. Si te empeñas puedes enlazar nombres, números, fechas, direcciones, miradas y encuentros para sentir que la vida tiene un sentido. Si insistes, puedes conectar hechos aparentemente inconexos e hilvanar una historia sorprendente. Solo vemos lo que queremos ver.

En una tienda de discos que ya no existe compré Beyond The Missouri Sky. El encargado sabía de lo que hablaba. Era muy delgado, alto, con acento italiano. Escuché decir que las paredes de su casa estaban llenas de música. Pero nunca llegamos a entablar una amistad. Solo saludos cómplices y educados en mis visitas a la tienda. Lo vi años más tarde trabajando en un supermercado. No me reconoció. Andaba comprobando la lista de pedidos: galletas, embutidos, leches, bebidas, todo menos música. Yo solía comprar el bocata de la tarde. Hacía exactamente lo mismo todas las tardes. Dependiendo del turno, me atendía una cajera morena, bajita y con un pañuelo en la garganta, temerosa de las ligeras corrientes que de vez en cuando entraban sin avisar y arrastraban el frío de las neveras, donde descansaban verduras, croquetas, pinzas de cangrejos y bolas de carne. La otra cajera era una señora con las manos enormes. Por alguna razón, nunca volví a ver al antiguo empleado de la tienda de discos, que supuse, se había convertido en antiguo empleado del supermercado.

Beyond  The Missouri Sky estuvo años en el coche y en el aparato del salón. Cuando llegaba de trabajar y la noche ya había vencido a la prisa del día, Pat Metheny y Charlie Haden, guitarra y contrabajo, sonaban en la sala, muy cercanos, sedantes, entre el silencio de los viernes. Luego se perdían a través del balcón, entre los ladridos intermitentes de perros solitarios y las campanas del reloj de la torre. Con el tiempo dejé que esa música reposara en la estantería, donde lo hacen otros discos que ya apenas escucho pero que pueden salvarme cualquier tarde. En 2013 volvieron sus canciones a través de una película, ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’. El director es David Trueba y cuenta el viaje en la España del 66 de un profesor de inglés y dos adolescentes hacia Lennon y Los Beatles. Almería y Missouri, dos desiertos, dos paisajes lejanos y cercanos. El mundo se parece más de lo que creemos.

Los libros tienen banda sonora, como los paisajes y los momentos más felices y desdichados. Como los días luminosos y grises, como el color de los árboles. Hace días puse música al último libro de Trueba: Blitz. De nuevo Metheny y un Haden, que todo lo sabía de su instrumento, que salieron de aquella imposible para alegrarme la vida desde el primer momento. He leído Blitz de un tirón en los sitios de una casa sin horarios y en la playa de un otoño irreconocible. La marea dejaba al descubierto una orilla transitable hasta el final, donde las rocas eran doradas,  como de otro planeta, moldeadas por el agua que no cesa.

Blitz es una historia de crisis y de pérdida, de búsqueda de identidad, del amor mientras la vida continúa. Vuelve el espejo con un rostro que conozco. Tengo la sensación de que me he perdido muchos detalles entre una historia breve y que te atrapa. Releo entre líneas, no paro de buscarlos. Me gustaría tenerlos grabados en mi cabeza como un recetario de lógica mundana.

Ahora tengo el libro justo al lado del ordenador, 16,95 euros en papel. Lo edita Anagrama. “La mejor novela de David. Te deja al final la sensación de haberte enseñado algo bueno, algo que merece la pena, algo que hace recordar lo mejor del ser humano”, dice una crítica que envuelve la portada. El azar abre la pagina 44: “Me gustaría que los lugares nos hicieran descubrir el mundo oculto a nuestros ojos. Porque necesitamos volver a mirar el mundo real, no vagar por la ficción, ni levantar una fantasía, ni permanecer evadidos. Necesitamos un espejo pero curativo, volvernos enamorar de nosotros mismos, de nuestro hecho concreto y humano, por defectuoso que sea”.

El libro, la música, la película, los sueños. Si queremos podemos conectarlo todo. Hagámoslo si es lo que consigue dar un sentido a las cosas que nos pasan. La canción se acaba: “El trauma del abandono siempre te lleva a idealizar al otro, a convertirlo a conciencia en más perfecto, más humano, más deseable, más irremplazable. Lo hacemos, me dijo, para causarnos más daño. Ese ideal nos abruma, es un insulto a nosotros mismos, que durante meses o años nos imposibilita querer a nadie más y nos hace mirar a los hombres y a las mujeres como pastiches lamentables del ser insustituible que acabamos de perder. Un día encontramos que nuestro recuerdo se hace más preciso y más justo y en ese momento podemos llegar a pensar en ser menos infelices”.

Blitz es relámpago en alemán.

 

 

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