Klimt, Ikea y querer ser el otro

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Cualquiera puede tener un Gustav Klimt en el salón de su casa. Al menos en la ilusión de reproducir el mito, una de las más potentes señas de la modernidad. Reproducirlo hasta la extenuación, hasta que sea pensamiento único, deshumanizado, mercancía con las mismas posibilidades para listos y tontos en este enorme bazar a la deriva. Vuelve el pasado, se va y vuelve otra vez, a veces con un aderezo adecuado y otras con caspa: vestido de rancio espectáculo de alguien emulando a Sinatra ante turistas que disfrutan la última etapa de sus vidas.

Por eso no es extraño que aquellas mujeres alargadas de Klimt, envueltas en el ornamento del color y en una indiscutible energía sensual, acaben en cualquiera de nuestras paredes provenientes del Ikea más cercano. El Beso es perfecto sobre el sofá o en un rincón lo suficientemente solitario. También es posible tener fotos de Robert Capa, de Miles Davis, el Che, las cabinas telefónicas rojas o la imagen de los obreros encaramados a un andamio leyendo la prensa desde un rascacielos de Nueva York, como si la mirada del fotógrafo, de ese instante irrepetible, fuese tu mirada. Todo eso  forma parte de una estética común con pretensiones de libertad, accesibilidad, conectada con cierto gusto por lo que un día fue el arte, heroicidad, determinación, castigo, supervivencia, amor, con nuestros anhelos de otras vidas y el sueño de tenerlas a nuestro alcance. Pero en realidad esta inevitable estética se torna en “industria cultural”, aquel término que usaron Adorno y Horkheimer, en la llamada Escuela de Frankfurt, en la Dialéctica de la Ilustración, un libro tan fascinante, complejo, denso, cautivador, como lleno de cosas que se escapan a mi entendimiento. Lo conocí gracias a un profesor que recorría los pasillos de la Facultad en tercer año, bajito, elegante, risueño, a veces preocupado, muy amable, silencioso. Tengo su nombre en la cabeza, pero por miedo a equivocarme prefiero omitirlo. Por eso digo que no lo recuerdo. Si volviera a estudiar Filosofía aprovecharía más el tiempo que entonces, cuando solo pensaba en divertirme tres noches en semana y cumplir con un expediente académico, mientras por mis manos iban pasando regalos del conocimiento que hubiesen amueblado mejor mi desorden y que ahora se echan en falta.

Somos expertos en copiar hechos extraordinarios, personas, obras, y mitificarlas, mostrarlas como un escaparate, pensar que así lucimos más modernos, más cultos… más listos que los demás.. Es posible que en los clásicos esté todo lo que nos preocupa y nos hace felices. Es posible y probable, entre sus letras y su música, no en la portada del disco o la solapa del libro que decora la estantería de tu apartamento.

Justo arriba del televisor, en casa, cuelga una foto que Capa hizo a Francoise Gilot en una playa de la Costa Azul, en 1948, a la sombra del paraguas que sostiene Picasso. Al fondo, el primo del pintor sonríe con los dientes impecables, el pelo para atrás, el cuerpo mojado, atlético. Guilot camina en sandalias de cuero por la arena ligera, como si se sintiese libre, con un collar de piedras blancas y un vestido de lino que le llega a los tobillos. No hace mucho devoré ‘Vida con Picasso’ (cada vez me interesan más lo que le pasa a la gente que tiene una historia, es decir, casi toda, y las cosas cotidianas que algunos convierten en literatura) que Gilot escribió con la ayuda del periodista Carlton Lake para contar sus años de juventud y madurez con un hombre nacido para el arte hasta las últimas consecuencias, incluso por arriba de las personas y los sentimientos, por arriba de toda culpa o con la culpa hasta el final. Y cada mañana, cuando observo la fotografía, una copia de las millones que habrá en otros hogares e Ikeas, pienso en la enferma obsesión contemporánea de querer ser el otro y en sus perniciosos efectos secundarios. A lado de esta imagen hay otra fotografía, enmarcada en Leroy Merlin, donde Elvin Jones sacude la batería mientras observa a Mc Coy Tyner, impecable en el piano, siguiendo la eterna estela de Coltrane, de traje y corbata, de pie, hierático, con las rodillas semiflexionadas, con la mirada fija en la campana de su soprano, consciente de que su lucha particular había dado paso a algo nuevo que solo unos pocos comprenderían. Inconsciente de que hoy muchos intentarían imitarlo hasta la saciedad.

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