Literatura y vida

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He puesto la estufa. Soy un exagerado, lo sé. Lo soy para muchas cosas banales y en cambio me sorprende la aparente calma con la que afronto otros asuntos. Exagero los síntomas de los primeros fríos de invierno que me han dejado en casa dos días lo suficientemente molesto para mermar mi actividad cotidiana. Pero ya se sabe que la gripe es esperar a que pase, que pase desde la nariz hasta el pecho o viceversa y luego se pierda en el aire y en las entrañas hasta el próximo otoño. Y con la gripe también se van los pequeños dolores del alma. Y cuando comienzas a sentir que las fuerzas están ahí de nuevo es como si valorases todas esas destrezas invisibles que utilizas diariamente sin darte cuenta. Y una nueva vida te espera. Pero claro, eso también es exagerado.

Por suerte, desde el portátil he podido asistir a la conferencia del escritor Sergio Álvarez “La literatura y la vida” a través de la Facultad de Filología de una universidad de Barcelona . Dice el colombiano que no podemos huir de las palabras, que se puede dejar de leer, pero no de contar historias. Los libros que están en las bibliotecas y en las mesas de noche solo son la punta del iceberg de una literatura que habita en la vida, en todas partes, en las conversaciones, los cuentos heredados de la tradición oral, los chismes que escuchabas de tu hermano antes de acostarse, las confesiones entre dos amigas, los recuerdos de algo que pasó, las verdades duras de un borracho, las frutas y las verduras de un mercado, en la caña de cualquier pescador. “Una pareja empieza a existir hasta que los dos comienzan a contarse cosas”, dice el escritor y autor de La Lectora (RBA, 2001) o 35 Muertos (Alfaguara, 2011).

Es tarde. La estufa ha dejado el salón caliente. En la mesa del sofá hay una copa de agua vacía y una tableta de chocolate con leche. La televisión está apagada. Hoy no revisaré las noticias ni sabré que tiempo hace en Australia. Solo hay una luz encendida en toda la casa; si la apago andaré a oscuras hasta que encuentre otro interruptor o entre en el dormitorio. Allí está la cama fría y blanca. Con dos cojines de corazones azul y rojo. Algunos pantalones doblados en la tabla de planchar. Algunas camisas. La lámpara de la mesilla de noche ha perdido una tuerca y no consigue mantenerse. Pero ya es demasiado tarde para buscar una solución entre el suelo helado de esta noche. No exagero.

 

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