Escondite

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Un simple juego, el escondite, puede provocar la alegría más espontánea. Hoy me convertí en un monstruo enorme y torpe que contaba hasta diez para buscar a Guillén, Marino y Hernán. Los tres corrían a ocultarse hacia alguna parte de la casa: debajo de la cama, tratando desaparecer entre las cortinas azuladas del baño; detrás de la puerta de lo que fue mi dormitorio; detrás del sillón color naranja, en medio de las conversaciones del salón.

La risa silenciosa e incontenible antes de ser descubierto, saber que están a punto de alcanzarte, lograr ser invisible como un gato salvaje que arrasa tu queso olvidado en la mesa de la cocina. Cada uno de ellos tenía esa ilusión inocente que hace olvidar cualquier preocupación adulta, a veces banal, absurda, innecesaria, inoportuna. Hubo un momento en que quise esconderme para que los tres me buscaran.

 

 

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