Ciudades

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Si cierras los ojos, las tuberías pueden ser un río que atraviesa el paisaje y alrededor puede haber un bosque donde perderte, lleno de pequeños sonidos de animales que viven en las alturas de los árboles. Hay un camino hacia un lugar más lejano y profundo donde sólo quedan gotas de agua cayendo a un charco enorme y cristalino.

Si abres los ojos, las tuberías atraviesan el volcán y se escapan entre las casas con idénticas azoteas. Allí cuelgan ropas de mujeres y hombres, familias, alfombras, toallas, hay instaladas barbacoas. Las tuberías son como venas que sobresalen del cuerpo para luego esconderse en alguna parte. No hay bosque, solo vegetación seca y escombros alrededor de la calle recta y nueva que antes fue un camino de tierra y ahora es una calle sin salida. Por las tardes van a parar amantes que no se conocen lo suficiente y perros que olisquean la basura rezagada en el asfalto. Sus dueños encienden cigarros y los tiran al suelo. Ropa deportiva con colores aleatorios, gafas oscuras, pelo con efecto mojado, afeitado al límite. Los perros disfrutan de algunos minutos de libertad moviendo el rabo, atentos a cualquier cambio, con pasos cortos y rápidos.

En la calle un joven aprende a ser motorista. Debe sortear unos conos fluorescentes, con zig zags controlados por el profesor risueño y amable, de gorra azul, camisa por dentro, vaqueros, bajito, diría que feliz. Un papel se mueve confuso en el suelo. Ofrece almohadas cervicales viscoelásticas de alta calidad con aloe vera. Puedo leer que están fabricadas con material antibacteriano para cualquier sueño quede aislado de todo lo invisible a los ojos. Meto el papel en el bolsillo, pues pienso que puede ser material para una historia, pero ya está en la papelera, junto a una botella de plástico, periódicos y otras cosas carentes de interés.

En las tuberías acaba el pueblo, precipitado hacia el mar. Al fondo está la montaña y su barranco. El otoño anochece con calor y la luna se va preparando para estar ahí como todos los días. Si cierras los ojos sigues escuchando el río que pasa, como también lo hacen las cosas que te importan.

En la calle pienso en Madrid. La ciudad surge en varias conversaciones y en los días anteriores. Cogerás un vuelo a final de mes. Una avería en el motor de tu coche y las ganas de atravesar el cielo te han dejado sin dinero, pero prefieres vivir. Luego irás a Sevilla. Hace unos años, dormiste en el aeropuerto de Dublín.

En algún baño de Madrid besé a alguien que no volví a ver. Al día siguiente el tren llegaba a Segovia con breves paradas. Se subía una mujer sola, estudiantes hartos de actividades extraescolares, un hombre metido en su música. En el tren pensé en todas las cosas que decimos y hacemos embriagados por esa ligereza nocturna que solo tienen las ciudades.

 

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