Truco o trato

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Gritos y risas que se pierden en la noche. Un huevo apuntando a la ventana. Una yema seca, debidamente extendida, amanece sin permiso a lo largo de la pared. Creí escuchar “Truco o trato”, pero qué estupidez es esa. Sí, los niños están estupendos disfrazados del terror. Las fiestas muy divertidas, hasta pueden ser sexys. El querer ser otro, estar muerto para morder a los vivos, ocultar nuestra identidad cotidiana. Todo eso que tanto nos atrae y nos ridiculiza se esconde detrás del disfraz. En lugar de heredar la capacidad para organizarse, el apremio al esfuerzo, los medios a disposición de la curiosidad, hacer de la lluvia una agradable circunstancia, nos quedamos con estas cosas y encima las empeoramos. Halloween llegó un día y se extendió como un virus por escuelas, bares, tiendas y la calle, que es de todos y de nadie.

Aprendí a sentarme de cuclillas en la silla de la cocina. Eran los almuerzos de la niñez y la adolescencia prolongada. Una postura que resultaba cómoda, altiva y que sale a veces, sin querer, como una destreza innata y posible. A veces regañaba la cara y decía “odio esto”, “odio lo otro”. Mi padre respondía que no se odiaba a nadie. Lo más correcto era decir no me gusta. Pues eso, Halloween no me gusta.

 

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