Olores

 

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Por alguna razón, cada vez que abandono una habitación donde probablemente no regresaré, me tumbo en la cama vestido, con los zapatos puestos y miro hacia el techo. Allí es posible que haya una lámpara quieta a media altura y poco más. Por un momento, cierras los ojos y una siesta mínima e involuntaria te salva la vida. Al salir, todo parece nuevo, en movimiento, un volver a empezar que solo se reconoce en el viaje. Dentro queda todavía tu olor siempre inalcanzable. Pero los olores que no encuentran a su dueño duran poco. Se pierden por alguna ventana, por el plato de ducha, entre las toallas abandonadas en el lavabo, hasta que otra persona seque su cara en nuevos trapos o intente descansar en esas sábanas y almohadas universales.

 

 

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