Octubre

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En los primeros días de octubre el viento había desaparecido. Los molinos eran esculturas lejanas, en reposo, como el mar azul e inofensivo, todavía tibio por el calor del verano. Te dije que todo simplemente sucedía sin un motivo oculto ni un consuelo del destino. Sin que nadie pudiera evitarlo. Desayunamos cosas dulces y saladas. Fruta, el milagro del postre italiano. Almorzamos casi pegados a la orilla, arroz con verduras. La pausa somnolienta del café. Luego andamos, largas horas por la bahía, sin cansarnos de nosotros mismos. Y llegó la noche y las terrazas reflejaban la luz sostenida por la vida ociosa.  Al fondo, la música disolvía toda complicación. Y regresamos y dormimos hasta casi perder la memoria. Por la mañana el barco esperaba. Parecía tan bueno despedirnos como habernos conocido.

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