Brisa

la foto (8)

Nos pusieron en una mesa redonda para comer. Estaba allí para cubrir una especie de congreso sobre psiquiatría centrado en los familiares de los enfermos. De la comida solo recuerdo la última bola de helado de vainilla derretida en aquella sala gris. Los camareros, jóvenes imberbes y silenciosos, entraban y salían en fila de alguna parte. Entablé conversación con una psiquiatra, tendría alrededor de cincuenta años y aparentaba disfrutar de la vida. Era de Bilbao, especialmente educada. Sin un gesto de más y de amable mirada, se sentaba con la espada recta como si supiese todas las respuestas. Estuvimos hablando de algunos casos, algunos libros, de las paradojas del alma humana. Tenía mucho sentido del humor. Quizás eso le salvaba de sí misma. No quise entrar en detalles sobre mis fantasmas, sencillamente no era el momento. Pero por alguna razón, estaba nervioso. Aquella época, las dudas, las cosas que soñaba hacer y no hacía, la necesidad de encontrar aprobación entre los que me rodeaban, la identidad, mi especial sensibilidad ante lo aparentemente normal, lo que sobraba, lo que no me gustaba. Todo aquello llegaba de pronto, sin avisar, y una manera de calmarme era pensar en el mar y en la música. Y de eso también hablamos. Me dijo que escuchaba a Keith Jarrett, que tenía varios de sus discos. Los ponía mientras preparaba la cena, tal vez en su apartamento. Imaginé que vivía en un edificio alto, en el centro. Tenías que descalzarte al entrar. Podías ver la Ría atravesando la ciudad. Las personas eran pequeños puntos silenciosos. La luz llegaba al salón a través de grandes ventanales. Confesó que no entendía de acordes, de estructuras ni estilos. Tampoco trataba de entenderlo. Solo disfrutaba.

Cuando ya no había más café nos levantamos de la mesa. El congreso seguía su curso. Al día siguiente, el edificio sería un espacio vacío donde otra gente vendría a contar otras cosas. Fuera, el cielo estaba azul y hacía calor. Arranqué el coche y bajé las ventanillas. Empezaba la tarde y el verano se marchaba. Que llegara la brisa era cuestión de minutos.

 

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