Vaso

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En la playa, pasadas las seis, el mar se mezcla con voces agudas y secas que suenan lejanas. Poco a poco la gente comienza a recoger. Algunas familias se limpian la arena de los pies en la ducha y regresan a sus casas hambrientas. El sol, impecable durante el día, todavía sacude los cuerpos negros y brillantes que chapotean en la orilla. En el límite de la playa flotan los barcos desnudos. El mar, azul y abierto, es otra historia.
Pienso en los amores del verano, que venían y se iban tan fugaces. Era el mundo de la escuela y de aquellos años de sueños e incombustible energía. Recuerdo algunas caras y sonrisas perfectas. Ahora el amor parece más serio y poderoso.

Esta noche escucho por primera vez a los grillos que andarán en la oscuridad de la calle. Un vaso se rompe en el suelo del vecino. “Se me ha caído, a tí también se te caen las cosas”, dice una niña que llora. El calor no cesa y todas las ventanas de la casa están abiertas. Aunque no sé que es peor, si el aire que cubre mis cosas o el que viene de fuera.

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