Viajes

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La casa ha estado cerrada unos días. Conserva ese aire inmóvil que busca algún hueco por donde escapar. Siempre hay un punto de calma cuando regresas, un estado sin prisa que rematas con una larga ducha. Apuras el agua caliente sobre la espalda y la nuca hasta que empieza a enfriar. Mientras te secas, limpias el espejo cubierto de vapor y por primera vez en una semana observas que tu cara apenas ha cambiado.

Anoche abrí las ventanas y todo volvió a oxigenarse, como cuando levantas los brazos y respiras, estiras tu cuerpo hasta donde puedes llegar. Caí fulminado en el sillón. No recuerdo el camino hacia la cama por pequeño que fuera. Y esta mañana he encontrado las gafas entre las sábanas. Me quedé un rato recostado y volví a la página de “Quemar los Días” , de James Salter (parece que ahora quiero leerlo todo de él). Estoy por el principio. Aún no sabe que quiere ser escritor y, por prescripción paternal, se instruye en las Fuerzas Aéreas Norteamericanas. “Empecé a cambiar, no lo que era de verdad, sino lo que aparentaba ser. Insatisfecho, deseoso de mejorar, me despojé de la pereza y la rebeldía del primer año como si fuera ropa vieja y partí de cero”, cuenta.

Yo no pasé por ningún ejército. Existía lo que se llamaba “prórroga”, una especie de oportunidad de librarse de todo aquel absurdo gracias a que estaba estudiando. Pero escasa gente olvida el cuartel. Probablemente pocas veces han tenido mayor falta de libertad. No sé si eso era un buen método para mitigar los miedos de jóvenes asustados. Mi padre me dijo que perdió la fe en Dios en la Infantería de Marina. Escribía las cartas a los analfabetos que querían comunicarse con sus amores. Con suerte logró hacerse con una “oficinita” que lo apartaba a ratos de la injusta barbarie. Los primeros meses lo pasó muy mal. Creo que nunca se adaptó. “En el cuartel tenías un apetito enorme, te comías lo que fuera”, siempre me repite.

Tras un rato en la cama pensé en el desayuno: pan con mermelada de fresa, un té, pan con una loncha de mortadela. Así hasta que logré desayunar. Los primeros pájaros comenzaban a dar señales de vida y los sonidos del sábado se hacían patentes: los coches subiendo, las voces de la peluquería de enfrente, el ladrido del perro en el patio vecino. En la radio andaban hablando de viajes, de cruzar cielos y océanos. Volver a hacer las maletas.

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