Felicidad

la foto (2)

Nadie recuerda su bautizo (esas fiestas generalmente de bebés aún hinchados vestidos de blanco que acaban siendo los anfitriones inconscientes de banquetes familiares donde se estrenan las camisas y otros coloridos abalorios) pero todo el mundo tiene alguna imagen de la Primera Comunión. En mi caso, llevaba un pantalón azul marino y una rebeca rosada. A la derecha colgaba un crucifijo dorado. Mis pies bailaban sobre unos mocasines de cuero negro. Era pequeño, con el pelo negro azabache, hiperdelgado y cabezón. Canté en la iglesia acompañado de una guitarrista de iglesia a la que conozco bien y ahora saludo de manera fugaz. “Hoy te quiero cantar madre mía del cielo, en mi lucha y dolor yo te doy mi consuelo”, así empezaba. A la salida repartíamos unas tarjetas con nuestra fotografía angelical, abrazando un libro blanco, un rosario, arrodillado sobre una falsa balaustrada con jardines imaginarios. Y el mismo mensaje grabado en relieve: “Recuerdo de mi Primera Comunión”. Todos estábamos así, tiesos, callados e imberbes. Mis amigos y también las chicas. Nadie era un desconocido.

Una semana antes confesé al cura, por obligación, que a veces insultaba a mis hermanas y que había dicho algunas mentiras a mis padres. Era la primera vez que confesaba algo a alguien. No eran pecados graves, ni siquiera pecados, pero algo tenía que decir y eso dije. De resto, en esos meses poco más recuerdo. Solo la plaza, pedir sediento un vaso de agua del grifo en el Bar Central. Tenía una barra inalcanzable. Altísima. También recuerdo sentirme frustrado porque era muy malo al fútbol, en cualquier posición y contexto. Muy malo en cualquier deporte de equipo. La mayoría de los días llegaba sucio a mi casa.
Ahora entiendo por qué mi padre no quería que hiciera la Primera Comunión, pero en ese entonces ni yo ni nadie de mi familia pensaba en cuestiones de fe y de espíritu. Como es lógico, no pudo hacer nada ante mi férrea oposición y la de mi madre. Lo cierto es que la fiesta acabó en la casa, con todo tipo de comida y bebida y música. Las canciones sonaron hasta el atardecer. Yo como siempre me caí y rompí el pantalón. También golpeé a mi primo jugando al boxeo. Solo había dos guantes y cuatro manos, así que nos repartíamos el asunto. Lo golpeé en la cara, un directo que le desató una terrible ira. Lo tuvieron que agarrar porque entre lágrimas me iba a matar.
En el fondo, lo de menos era desfilar con cara de inocente ante el Santísimo. La Primera Comunión suponía una experiencia más de la pre adolescencia que uno asumía de manera natural, sin plantearse qué clases de dioses y de santos existían, si había otro lugar fuera de este mundo llamado cielo, si un cura podría absolvernos de lo que se decía pecado. Lo importante era estar ese día “bien vestido” y ver la sonrisa de aquella chicha, tu pareja de comunión, en la fila antes de entrar a la iglesia. Pero lo más importante eran los regalos y el dinero. Así estaban hechas nuestras mentes.
¿Acaso el que se metía a monaguillo no figuraba por la misma causa?. Y es que en un bautizo, podrían caer unas cuantas moneditas de algún generoso filántropo. Alcanzar quinientas pesetas en el reparto era un milagro. Con eso te daba para toda la fiesta si no te lo gastabas en placeres efímeros: recámaras, pistolas de agua, polos, perritos calientes y nubes de azúcar. En esos tiempos no conocíamos ni la espera ni la mesura. Tampoco era necesario. Y lo verdaderamente placentero era tener entre tus manos un puñado de fichas de los cochitos locos. Así llamamos por aquí a los coches de choque. Eso era la felicidad.

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