Salter

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“Lia era del norte. Su padre había nacido en Génova, con su escarpada necrópolis; su madre, más románticamente en Niza. Ella le contó todo eso. Él adoraba los pormenores de su vida, lo electrizaban. Había entrado en un periodo en que todo lo suyo parecía ser una repetición que acontecía por segunda o tercera vez, un espectáculo del que conocía todas sus posibilidades. Ella se lo hizo olvidar”.

Así empieza uno de los capítulos de la última parte de Años Luz (1975), una de las novelas de James Salter (Nueva York 1925-2015) que he vuelto a recuperar tras enterarme de su muerte esta semana, como si no hubiera valorado lo suficiente cada página, con una sensación de que ya no volverá a escribir más párrafos luminosos, como en cada una de sus obras, porque ha dejado de existir. La muerte sorprendió a Salter a los 90 años, cuando se recuperaba de una intervención quirúrgica, un baipás aparentemente inofensivo. Tengo que decir que es difícil escribir tan bien y que pocos como Salter acarician la gran literatura, inalcanzable para el resto. Lejos de alardear de su lectura, considero importante, si me permiten, acercarse a la figura de este escritor y su obra. En cada página hay una respuesta que da origen a otra pregunta; una precisión exquisita para describir ambientes, personajes, pensamientos, satisfacciones, deseos, esperanzas, lo que siempre quisimos ser y no fuimos, amores, rupturas, paisajes, gentes, ciudades. Todos esos estados de ánimo que te atrapan desde el minuto uno y que me interesan, además, bastante. Pero es verdad que uno no siempre tiene la oportunidad de dedicar lo necesario para comprender lo que requiere una lectura detenida, a la que se llega por mero placer, como saborear un plato en unas amplias vacaciones. Confieso que no recordaba la trama de Años Luz, ni siquiera algunas frases que ahora veo subrayadas. La novela pasó por mi cama en diciembre como un somnífero. La citaba Richard Ford, otro grande, en su autobiografía: Flores en Las Grietas, así que no dudé en ir a por ella. Ahora su efecto es estimulante, revelador porque, de alguna manera, va sonando lo que andaba escondido de Salter en algún rincón de mi cabeza.
No publicó demasiado y explica, en alguna entrevista, que le hubiera gustado tener una obra más extensa. Pero creo que su objetivo era buscar la belleza, de lo bueno y de lo malo, sobre el acontecer de la existencia. Y eso no se consigue tan fácil. Si no estoy mal informado, su primera novela fue Juego y Distracción (1967). Después de Años Luz (1975) salió el libro de relatos La Última Noche (2005), aparte de otros cuentos. Tardó treinta años en terminar Todo lo que hay (2013) su última novela. “Cuando pasa el tiempo y todo parece ser un sueño, lo único que tiene la posibilidad de ser real es lo que está escrito. Es lo que yo creo”, decía en una entrevista al cumplir 88 años el que fuera piloto de avión de las Fuerzas Armadas Norteamericanas en Corea. Y es que quizás ver el mundo desde arriba, tan pequeño y enorme a la vez, quieto y en constante movimiento, ha hecho de sus obras, si me permiten la relación, literatura de altos vuelos, que bebe de Colette o Hemingway… también de Scott Fitzgerald. En Fuego y Distracción (1967) sintió que “sabía como escribir”. Y probablemente cómo vivir. “En realidad hay dos vidas, la que aparentamos vivir y la que realmente vivimos”, decía. Hoy he llamado para pedir “Quemar los días” (1997), los apuntes autobiográficos de Salter. Me han dicho que tardará “como una semana o entre quince y veinte días, si hay que pedirlo a la Península”, dijo la dependienta. “Vale, ok”, respondí y colgué.

Por la ventana entra un ligero olor a madera quemada, a la que uno se costumbra con el paso de las horas. Desde esta tarde los fuegos de las hogueras están por todas partes. Tarareo “Noche de San Juan bendito, alumbrada por hogueras. Ecos de las caracolas rodando por las laderas…”. Desde el balcón aún quedan puntos colorados en la costa. El perro no ha dejado de ladrar con desgana. Se supone que es una noche especial. Pero en realidad, cualquiera puede serla.

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