Comba

Prefiero escribir algo a quedarme quieto. Aunque no sea nada importante, el hecho de soltar las palabras alivia el saco del pensamiento. Hay frases escritas en medio folio sobre el escritorio. Cosas que ha dicho alguien, apuntes breves sin aparente conexión: “La pasión es irrenunciable”; “todos queremos ser otro”; “el último verano en Escocia”; “el día ocho se amarró frente a los juzgados para luchar por la custodia de su hija”. Son de la última semana, de los últimos diez días como mucho. Luego desaparecerán en la papelera que tengo a mis pies, debajo del ordenador, o quedarán sobre otras palabras o rostros dibujados que hago desde pequeño sin levantar el bolígrafo. No es nadie en particular, solo cabezas con expresión similar. Empiezo por la nariz, luego trazo los ojos y bajo hacia la boca. Todos son el mismo y diferente, porque no hay nada que se repita salvo nuestras contradicciones.

Todavía se ve la luz del domingo rojiza sobre la casa de enfrente. Los pájaros cantan como si fuera por la mañana. Llego a casa y vuelvo a colocar en su sitio las pequeñas cosas que uno se lleva cuando no está por aquí. Saco del bolso algunos discos que han sonado en el coche mientras cruzaba la autopista somnoliento. Intenté despejarme con The Police pero tuve que pararme a tomar un café porque no había manera de despertarme, por mucho que cantara, pese a seguir el ritmo dando toques con cierta actitud en el volante. El sueño entra sigiloso en la cabeza y te seduce como si alguien acariciara tu nuca. La tentación de quedar vencido puede conducir al abismo. Desviarte y revolver la cafeína espumosa que un camarero autómata prepara en tres segundos te salva la vida.

Mi espalda reconoce la ducha a la primera. He dejado la ventana de la cocina abierta para que entre ese aire inofensivo del verano. Por la tarde, todavía el fresco se atreve a venir para dar paso a unas noches perfectas e irrepetibles. Dos niños saltan a la comba en la calle. El juego, tan sencillo y primitivo, hace olvidar a uno cualquier tontería en el instante preciso del salto al superar la cuerda. Pero el juego se acaba y cada niño entra en su casa. Les espera la cena, la cama, el camino al colegio cuando llegue el alba. De resto, poco a poco, los pájaros cierran el pico, los perros apenas esbozan un ladrido y las luces de las casas atrapan a todo el mundo dentro.

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