Supermercado

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Después del trabajo recopilas en el supermercado todo lo que te falta. Siempre compras de más y en medio del apetito, olvidas lo fundamental: ajos, papel o pilas. Encuentras cierto placer en transitar por los pasillos donde casi siempre hace frío, echar un vistazo a los vinos, las carnes, los pescados, las conservas en vinagre. Observas a la gente cómo pasea, eligiendo, con pocas variaciones, un tipo de leche, de jamón o de aceite. Por la clase de cesta se sabe si alguien vive solo o en familia. Basta con ver un cartón de huevo, una barra de pan, dos manzanas verdes en una bolsa plástica, un pack de cerveza y tomate frito frente a algunos que portan cajas de leche, paquetes de bizcochos, botellas de refrescos y un millón de yogures.
Ya es de noche y solo queda llegar a casa. Los coches transitan despacio como si tuviesen miedo a algo. Las tiendas de los alrededores comienzan a cerrar y las gasolineras nunca apagan las luces. Dejas atrás la ciudad donde regresas cada mañana. Porque vives en un pueblo cerca y lejos de cualquier cosa. Es difícil de explicar. Apagas la radio que te machaca con noticias. Antes de encajar el coche en el garaje piensas lo que cuesta manejar una vida que sirve para todo.

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