Reyes

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Era mentira. No me lo podía crecer. Había hecho todo lo posible  para estar convencido de que los tres eran capaces de repartir los juguetes a todos los niños del mundo en una sola noche, de leer millones de cartas y adivinar nuestros deseos. Estaba convencido  de su existencia. A la pregunta razonable de por qué había cabalgatas con reyes distintos en los pueblos y ciudades,  mis padres respondían que los verdaderos reyes eran otros, capaces de mirar por un agujero para saber si nos portábamos mal o bien . Esos reyes vendrían  en la mitad de aquellas horas insomnes sin que nadie los viera.

Pero un año llegó la mentira. Fue colocando el Fort Randall de playmovil. Mi padre lo dejó justo a la entrada del dormitorio. Así, sin más.  No había reyes, ni capas, ni nada. Era mi padre, sin demasiada precaución, dejando los paquetes  como podía.  Al año siguiente corroboré el terrible fraude cuando encontré unos muñecos envueltos en papel de regalo en el armario de la azotea. Pasé dos semanas jugando con ellos  y el día 6  hice todo lo posible para que aquello pareciese una sorpresa. Descubiertos los padres, la ilusión  mágica de aquel cuento universal despareció y los deseos se convirtieron en necesidad, abundancia, desgana, compromiso  y estupidez.

 

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