Fin de Año

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El motor de la pecera que has decido instalar en el salón no te deja dormir. Decides levantarte de la cama y salir a la terraza. Los peces también están despiertos. Acercan su cabeza al cristal y te miran con la boca abierta. Crecen cada día a base de trozos de papel salados con sabor a mar. Nunca han comido otra cosa y poco les debe de preocupar. La noche es fresca y silenciosa. En el jardín los niños han dejado sus juguetes: la pala mecánica, la pelota de baloncesto, los muñecos con superpoderes. El perro duerme profundamente en su caseta. Los coches, helados con el sereno, están aparcados en el mismo orden. Tu marido siempre llega antes. La mesa en la que habéis cenado está completamente recogida, como si no hubiera pasado nada. Solo hay un cesto con más de una decena de llaves y dos manzanas a punto de marchitar. Todo el mundo ha dado por hecho que esa fruta nunca caducaría.
Hace días que no cae una gota y las noches son más frías. Hay estrellas nuevas, más brillantes si cabe, como si acabaran de llegar al universo. Sostienes un vaso de leche caliente y con cada sorbo piensas en el año que se ha ido. Hay cosas que han cambiado y que poco puedes hacer para detenerlas. Estar con los tuyos hace que te sientas protegida. En ocasiones te atormenta la idea de que también podrías haber estado en otra parte, con otra familia, en un jardín diferente, acostándote con otro hombre, comprando justo la comida que necesitas. Todo ha dependido de pequeñas decisiones, unas inconscientes y otras puestas sobre una balanza. En realidad no sabes de qué ha dependido. Nadie lo sabe. También te aterra que lo hayas dado todo por personas que andan a lo suyo o que quizás te haya  tocado uno de esos hombres que no logran querer nunca. Luego piensas que todo el éxito es secundario porque el tiempo va demasiado deprisa. A veces la vida se erige como dentro de un periódico, llena de noticias que se van difuminando con las horas, porque la gente necesita  siempre otra novedad inmediata. En estos casos no es conveniente ser noticia.

El vecino acaba de llegar. Deja su coche fuera. Cuando torpemente abre la puerta puedes escuchar “Another Day in paradise”. Luego entra en su casa como puede. Tu decides volver a la cama, te duele la espalda. Al pasar por el salón los peces siguen despiertos. Pequeñas luces rojas y azules cubren el árbol de Navidad. Primero parpadean unos segundos, luego quedan fijas hasta que finalmente se apagan. Así es su ciclo infinito.

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