Carne (2)

la foto (1)

Se había hecho de noche y atravesamos la ciudad en coche en dirección a las montañas. Antes todo era monte, pero ahora los árboles sólo existían en los jardines de césped, prácticamente iguales, como los tejados y las puertas de las casas, como los coches encajados en los garajes, los perros de los dueños y los juguetes de sus hijos. Desde el coche podía ver las luces encendidas de la cocina o del salón donde parpadeaba el televisor. Allí está la vida de la gente que sale al amanecer y llega cuando los niños ya están somnolientos. Familias unidas que los fines de semana aprovechaban para verse, llenando sus estómagos de carne.
Ella sugirió que sería bueno tener una casa lejos del ruido y ver crecer a los niños cerca de esta naturaleza construida. Después de todo, el sitio no estaba mal, “a cinco minutos de todo”, decía. Ella siempre pensaba en el futuro, en seguir construyendo una familia que se formara sin demasiados sobresaltos. Generalmente al final del día contaba sus planes, siempre con la idea de una vida compartida a costa de lo que fuera. Comparaba las cosas de sus amigos con las nuestras y sugería cambios, pequeños, pero cambios, donde “podría quedar muy bien una cosa o la otra”.
La había conocido en instituto. En ese entonces era una chica despreocupada, alegre, no era mal estudiante, le gustaba tomarse una cerveza y asaltar la nevera de madrugada. En el instituto, si tenías cierto sentido común, podías aprobar sin esforzarte demasiado, solo había que estar atento a un par de cosas, la mayoría compatibles con seguir siendo un tipo mediocre. Le gustaba fugarse de las clases después del mediodía y fumar en la escalera para ver pasar a los chicos de último curso, esos que eran buenos en todos los deportes practicables y actuaban con aparente indiferencia ante cualquier eventualidad. No tuvo sexo hasta que fue a la universidad, donde le perdí de vista. Le gustaba meter mano y que le comiesen el cuello, pero la cosa no pasaba a mayores. Gastaba toda la saliva y lengua en besos interminables. Luego se fue a estudiar fuera y tuvo la oportunidad de aprender idiomas y abrirse a otras gentes. Nunca volvió al pueblo.
La encontré una noche mientras salía a coger aire. Me dijo que trabajaba cerca y que se estaba mudando de sitio. Quedamos para un café, luego para cenar y poco a poco empezamos a vernos más a menudo, hasta que fuimos colonizando los dormitorios. Al principio no supe captar que esa fuerza que tanto me atrajo se había esfumado. Ella ya había cambiado su manera de estar en el mundo. Yo me amarré a que sin duda era la misma persona: tenía la misma boca, las mismas manos y otros signos inequívocos. Aunque una expresión en su cara, que en estos años ha mantenido, reflejaba esa manera de vivir que no lograba adivinar. A pesar de todo acepté ese proceso y el matrimonio llegó sin que ahora pueda dar una explicación convincente. Lo cierto es que estábamos más cerca de la dependencia que de la libertad.
Nos invitaron a la barbacoa de un amigo pero no recordábamos la calle. Era una amigo de toda la vida que se había mudado hace poco a esa sucesión de viviendas agrupadas que parecía inacabable y cíclica, como el inmenso bosque de árboles que fue esta tierra hace años, donde probablemente habitaron pájaros, roedores y perros salvajes. El olor a césped mojado y el aroma de los cerezos plantados en muchos de los jardines entraba por la ventanilla del coche. Estábamos perdidos pero encontrar la casa era cuestión de tiempo. Tras girar a la derecha reconocimos la vivienda, enorme y acogedora. En el interior había pocas fotos, muchos espacios en blanco y en la terraza, la barbacoa. La comida ya estaba en la plancha. Ahora sólo era cuestión de saludar y picar algo de aquí y de allá, abrir una cerveza, preguntar cómo iba todo.
De regreso, ella insistió que si no sería bueno cambiar ésta u otra cosa, sobre los azulejos de la sala y la posibilidad de modificar las cortinas del cuarto donde estaban los libros. También me contó algo sobre las virtudes de la lactancia materna. Dejamos atrás la urbanización. Las luces cada vez se hacían más pequeñas hasta perderse en la carretera. Fuera del coche la noche estaba oscura y fría. Escuchábamos las noticias sin demasiado interés y entonces opté por poner música. Me preguntó en qué pensaba cada noche, cuando dormíamos. “En que hemos pasado un día más y seguimos adelante”, respondí.
Llegando a casa, justo antes de encajar el coche en garaje, pensé que después de todo así era la vida compartida: no meterse en líos, querer al que tienes al lado y aceptar de vez en cuando de los amigos un trozo de carne.

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