Biblioteca

la foto 1 He hecho todo lo posible por olvidar esa imagen que se resiste a abandonarme cuando los sonidos del día desaparecen y la noche te interroga en la biblioteca. Era ella. Tenía la misma cara, manos y pelo aunque un gesto resultó irreconocible. Nos miramos un instante y luego se perdió entre las estanterías. Sentí un enorme alivio e hice como si no la hubiese visto. La había conocido allí, en la cuarta planta. De eso hace más de diez años. Nos sentábamos a menudo uno frente al otro, extendíamos los apuntes sobre la enorme mesa de madera, cerca de las cristaleras donde se veía toda la ciudad y los aviones despegaban hacia el mundo. A veces nos quedábamos contemplando el cielo hasta que llegaba la tarde y las nubes tapaban todo. Entonces bajábamos la cabeza para empezar a subrayar miles de palabras de las que algunas han quedado en la memoria. Un día no sé qué preguntó y así nos fuimos acercando. Salimos un par de noches. Era divertida y curiosa. Le encantaba preguntar acerca de todo, desde las pequeñas tonterías hasta cosas más serias: el destino, la muerte, los misterios de la condición humana o la infinitud del universo. Solo salimos de noche, sujetos a su extraño horario. La mayoría de las veces nos emborrachábamos y cuando cerraban los bares paseábamos por la ciudad sin un rumbo fijo. Acabábamos casi siempre en su casa. Dormimos desde la primera noche. Eran sueños profundos. Me hacían despertar con un apetito atroz.

Vivía sola, en una casa con los techos altos y muy fría. Su habitación estaba al final del pasillo estrecho donde colgaban fotografías de países lejanos. No le gustaba hablar de su familia, solo supe del primer apellido extranjero y algo habrá pasado para que ya no recuerde el nombre. Tras unas semanas empecé a sentirme débil, como si me hubiesen clavado una fina aguja que desangraba mi cuerpo por goteo. Así estuve algo más de un mes. Fui perdiendo peso, apetito y hasta las ganas de levantarme de la cama. Ni siquiera escuchaba música. Los análisis decían que me quedaba poco hierro y que algo esta provocando pérdidas importantes. Ella solo sonreía e insistía en que no pasaba nada. Estaba cada vez mejor, sus pómulos enrojecían y transmitía una energía inusual. Venía a mi casa todas las noches hasta que me quedaba dormido. Aquel año no puede presentarme a los exámenes, ni siquiera tenía fuerzas para ir a las clases. Sus visitas eran cada vez más constantes y comencé a tener pesadillas con aquel pájaro enorme y gris con garras de metal. Llegaba de algún sitio lleno de barro, se posaba en la ventana de mi cuarto, extendía sus alas y del pico salía un sonido desgarrador. A veces traía algún animal muerto y lo extendía en mi cama. Yo despertaba de madrugada, aterrado, con tanta debilidad que no era capaz ni de ir a por agua. Mis amigos ya me habían advertido y me aconsejaron que dejase de verla. Y eso hice, le dije que nos tomáramos un tiempo y traté de ir aplazando sus visitas. De pronto me sentí cada vez más fuerte, el pájaro gris con garras de metal dejó de aparecer en mis sueños, que pasaron a ser sueños revueltos , pero no pesadillas. A ella la encontraba más desanimada, como si hubiese perdido la esperanza en algo. Y un día dejo de venir y a me costó aceptar toda esta situación. Cuando tuve fuerzas para salir de mi casa y retomar mi vida normal fui a buscarla pero nadie abrió la puerta de su casa. Volví a la biblioteca, extendí de nuevo los apuntes en la enorme mesa de madera y esperé. Ni rastro de ella. Desde la cuarta planta, la ciudad sigue su curso, día y noche, ajena a las satisfacciones y los problemas de sus habitantes. Los aviones atraviesan la bruma que cubre los edificios y se pierden en el cielo. Hay momentos en que vuelvo a notar su presencia e intento no pensar en ello. A decir verdad, admito que todavía no me atrevo a consultar las estanterías.

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