Nadar

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Aprendí a nadar en la playa de Argel con una boya rosada atada a la espalda. Mi madre me decía “dale a los pies y a las manos” y el resto lo harían las leyes de la Física. Venía mi tío y mis primos y la mujer de mi tío, que era mi tía, pero que yo la veía primero como su mujer. Para evitar las olas, ella giraba sobre si misma a medida que iba entrando al agua. Luego nadaba hasta la mitad de la playa y dejaba el cuerpo como un cadáver flotado en medio de aquel paisaje. Yo soñaba con llegar al agujero que estaba en uno de aquellos enormes acantilados, donde decían que habitaban lagartos gigantes. En el otro lado, los apartamentos y el muelle deportivo reflejaban la fiebre turística, con en piano bar, las discotecas nocturnas y las sonrisas discretas de los extranjeros. Por la mañana las lanchas de recreo repletas de mujeres de piel transparente se adentraban hacia la belleza del atlántico para buscar a los delfines.

Nadar era como aprender a leer o a utilizar los cubiertos. Una vez automatizabas los movimientos, el tiempo se encargaría de perfeccionar esa habilidad que algunos aprendían, los días de calor, en los tanques de la medianía. También decían que los tanques llamaban a los niños y a los animales para ahogarlos. En mi casa siempre hubo perros y sé que el agua se tragó a más de uno. Lo cierto es que cada verano nadaba como un niño desesperado en todas las playas a las que me llevaba mi madre junto a mis hermanas en el Toyota blanco de mi padre. Cada verano inventaba cualquier excusa para quedarme más en el agua. Mientras el día casi se despedía, no había nada mejor que engullir un bocadillo con los dedos de las manos arrugados, envuelto en una toalla. Así pase pase muchos años hasta que me hice pescador. Eso sí, pescador y nadador de verano porque el resto del año solo la gente de la costa pisaba la playa. Al principio cogía pequeños peces en los charcos que formaba la marea y luego aprendí a sentir cómo la presa picaba apoyando ligeramente el dedo en el hilo. Pescaba siempre a fondo, con un plomo consistente. Prefería los riscos a los muelles desolados donde muchos todavía soportan la madrugada. Prefería las escaleritas, las bajas, Fonsalía, la crucita, las rocas de los apartamentos Europa, los charcos de Los Cristianos. No sé exactamente cuándo dejé de pescar, pero de pronto toda eso dejó de entretenerme y tomé conciencia de lo absurdo que era mantener frito en un sartén a un grupo de pejes verdes y fulas con la boca abierta. En ese momento volví a nadar, con mayor intensidad, y pude ver los fondos marinos con las gafas y el tubo. Y descubrí mi respiración.

Ahora empiezo de espaldas y apenas puedo ver las estrellas. La piscina se va quedando vacía y los focos iluminan el suelo azul donde algunos jóvenes pasan los minutos sin respirar, atravesándola de una lado a otro con sus enormes aletas como seres silenciosos. Pasado el tiempo suficiente me apoyo en una de los corchos que sostienen la calle. Vuelvo a pensar en el futuro y en que nada es tan importante. Al fondo suena la percusión de una comparsa mientras el socorrista recoge sus cosas. Queda un poco más para acabar. Aquí no hay olas, ni bocatas, ni peces que ver, pero mantienes el placer de nadar, a pesar de la rutina tediosa que dibuja la vida en una piscina.

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