Sin plan

 

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Nos conocimos observando la ciudad iluminada desde lo alto de la terraza donde algunos se atrevían a subir cuando la música había dejado de sonar. Las ráfagas de coches pasaban bajo nuestros pies y los transeúntes se movían como figuras diminutas. Cientos de hileras de luces dibujaban calles y avenidas donde cada uno se dirigía hacia alguna parte. El puerto y el mar parecían lugares lejanos. El aire comenzaba a enfriarse según avanzaba la noche. Habíamos cenado y bailado en el mismo sitio, los dos sin habernos visto en la vida. Teníamos un amigo en común, lo suficiente para que las cosas se acerquen más a la probabilidad que a la coincidencia. El resto eran desconocidos que se emborrachaban y lanzaban sonrisas al vacío entre las mesas, las sillas y las enormes cristaleras del piso de abajo que definía toda aquella fiesta.

Desde lo alto la ciudad parecía no tener fin, un planeta iluminado que despertaba cada mañana al unísono y funcionaba casi por arte de magia. Te comenté lo rápido que había crecido el lugar donde he pasado los últimos años, intentando vivir de lo que me gusta  y haciendo la mayor parte del tiempo cosas que no me gustan.  También habías venido a la ciudad por sentirte sola. Decías que el hecho de ver pasar a gente era suficiente para mitigar tus fantasmas, que las personas, aunque fueran desconocidos, te generaban protección. No soportabas más calles deshabitadas, fiestas patronales, panaderías con las mismas caras, que pasear al perrito fuera lo único importante del día. Tenías una tremenda sed de conocimiento. Querías saber cómo había llegado hasta aquí, quien gobernaba en la cuidad, si me interesaban los filósofos griegos, las matemáticas, o como empezó todo ahí fuera, en el espacio. Creías en la teoría de la evolución de las especies y me asegurabas que probablemente ningún dios había creado el universo. También hablaste de la muerte y de una extraña ilusión que mantenías de pequeña. Tampoco tenías un plan. “En estos momentos pinto el balcón del verde que se ha llevado el tiempo. No creo en todos esos objetivos de éxito que recomiendan. Solo quiero acabar el balcón donde cada mañana me asomo para dejar que entre el aire sin dueño y oxigene mi vida. Luego ya se verá”. Eso fue lo que dijiste cuando el sol estaba a punto de salir y bajamos a la calle. Los comercios, con sus puertas de metal, comenzaban a abrir. Caminamos hasta la puerta de tu casa. Te habían dejado el periódico y un pan. Tu nombre, apenas de tres sílabas, no figuraba en los libros.

 

 

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