Verano12

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No sé cómo empezar. Aunque no hay demasiadas cosas que decirte, sí son lo suficientemente importantes. Prefería dejarlas escritas y te pido disculpas por mi cobardía, pero a veces las mujeres somos parecidas a los hombres, tienen los mismos miedos, este corte común justificable con el autoengaño que puede durar toda la vida. Primero debo decirte que hemos estado bien este tiempo esperado y creo que ha valido la pena. Gracias por compartirlo conmigo y ser tan paciente, soportarme, comprender mis ausencias y mis paseos al final del acantilado. De allí llegaba con el pelo mojado y los dedos arrugados, pero parecía el único lugar donde aliviar todo lo que no te he dicho. Sabes que no tengo un carácter fácil y que cuando quiero a alguien lo hago con todas las consecuencias y también me falta paciencia para esperarte. No calculo los resultados de lo que todo eso supone, la entrega incondicional sin reservas. Este tiempo te he querido así, a pesar del aire misterioso que entraba por las mañanas en la habitación a través de la ventana para separarnos, susurrando algo al oído, paralizando cualquier reacción. Ahora te lo puedo decir: una voz decía que me fuera sin avisar. No sé de dónde carajo venía esa voz, pero así era. Podía ser un hombre o una mujer, un niño o un anciano. Notaba que tu también la escuchabas y te quedabas callado. Pero hemos ganado, finalmente hemos vencido a todo lo que se oponía entre los dos, aunque ya no se trata de nosotros, sino de mí. No me he ido porque alguien me lo diga o el verano se acabe. Te explico: las ausencias son el producto de una cosa que se ha ido desarrollando desde que era pequeña y está dentro de mi cuerpo. A veces me permiten oír y ver más de lo normal, apreciar el movimiento de las olas a kilómetros y contemplar lo que sostiene el pico de un pájaro que se posa en la copa del árbol más alto. Pero a la vez están acabando con cada célula. A los doce años perdí todos los matices de sabores amargos y hay épocas en que no tengo tacto. El otro día daba igual que acariciase tu pelo o que arañase los nudillos contra una pared y hay otras veces en las que no siento el hielo. Las ausencias han ido aumentando con los años y no vale la pena darte el nombre de este síndrome, diagnosticado, que acabará en breve conmigo. No te preocupes, estarás al tanto cuando llegue el día porque mis órganos no sufrirán daño y te llamará una voz amable para pedirte algo a lo que no te puedes negar. Quizás mi cuerpo sirva para darle la vida a otras personas y por eso quiero que me quiten todo lo que haga falta. Requeriré tu autorización porque casi eres mi única familia. Si alguien necesita mis manos, dale el visto bueno también para que me las arranquen. Sin miedo. Ahora tengo que irme. Te quiero.

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