Indios antiguos

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Paul Auster continúa con los textos autobiográficos en Informe del Interior (Anagrama, 2013) su último trabajo literario que supone la continuidad de Diario de Invierno (Anagrama, 2012), donde contaba el tortuoso camino, incluyendo el sentimental, que el escritor pasó a lo largo de los años para vivir de su oficio.
En este caso la infancia ocupa la primera parte de Informe del Interior. Cuenta Auster como ya era un ser fantasioso, ávido de lecturas e historias, solitario y sin ser demasiado consciente, hasta los seis años, de su propia existencia. Cuenta como en varias ocasiones se encontraba “en las nubes”, en una especie de estado indefinido pero necesario que sigue manteniendo con 65 años. Narra su admiración por Sherlom Holmes y por Thomas Edison, que vivía en el mismo pueblo, iba a la misma peluquería y que por esa regla de tres, el peluquero había tocado la cabeza del inventor de la bombilla y quizás esa sabiduría se podía trasmitir a la de un niño.
De pequeño yo era un fanático de los machangos, como así llamaba a los muñecos. Superman, Spiderman y otros personajes de la Marvel se amontonaban en la gaveta de un escritorio que hoy parece igual de nuevo. También tenía a los Máster del Universo, los playmobil y algunos Jedi: a Darth Vader y un hechicero desconocido. Mi primo tenía a Luke Skywalker y a Yoda, además de varias naves. No faltaban los soldaditos, que se podían comprar baratos y en sobres en casa de Elvira o Maruca y más caros y mejores, de Matchbox (igualmente hacía aviones de pegamento), en casa de Antonio el fotógrafo.
Pero había unos muñecos diferentes y con especial fuerza: me fascinaban los “indios antiguos”. Tenían la cabeza, las plumas y el caballo pintados, como si fuesen reales. Siempre fui de los indios, pues se ocultaban en el bosque y las montañas de los vaqueros invasores. Aparecían una vez al año: por Reyes en casa de don Víctor el veterinario y venían probablemente de Santa Cruz. Cuando dejé de recibir este preciado regalo, me di cuenta de que ya no era tan niño y que debía pensar en otras cosas, en lugar de andar por los riscos inventando batallas, ensimismado en efectos especiales que salían de mi boca y en seguir dando vida a los machangos, mis mejores amigos. Me costó asumirlo. Esa afición tardó en irse más de la cuenta, como mi propia niñez.

 

 

 


 

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