Noria

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Tiraban fuegos artificiales en el pueblo vecino. La pólvora iba acompañada por un discreto espectáculo de luces y música. Era una noche de verano donde parecía que se habían perdido las estrellas. La niebla dejaba una humedad que se colaba por los árboles y detrás surgía la luz de los petardos. Primero sonaban y luego dejaban el cielo de colores.

Cuando todo acabó nos dirigimos a la feria de atracciones. Había coches de choque, un toro mecánico, varios puestos de comida y la noria, esa gran mole redonda que te elevaba en frágiles carritos hasta el cielo. Subiste con tus padres mientras yo los veía desde el suelo. Sacabas fotos y sonreías, saludabas y girabas. Tu familia se divertía con pocos gestos. Tu padre, siempre discreto, me había comprado el ticket creyendo que iba a compartir esa experiencia. Me sentí culpable por no haber subido y lo comentamos antes de ir a dormir, cuando el silencio se había apoderado de toda la casa. Me dijiste que no me preocupara.

Subir a la noria era la mejor manera de contemplar las luces nocturnas de todo aquel territorio plano lleno de viñedos y rectas interminables. Estábamos en un pueblo pacífico que celebraba sus fiestas. Solo era eso.

Por la mañana volvimos al bosque. Se escuchaba el viento entre los árboles como un murmullo eterno y fresco. Allí quería estar un buen rato hasta perder el miedo a las alturas, sin tener que enfrentarme a nada.

 

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